La magia de preparar una taza de té


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El que ha cruzado la última puerta interior se convierte en algo distinto de los demás: queda lleno de júbilo, felicidad y paz”. (J. A. Comenius)

Hay mucha confusión con respecto a lo que es y no es la magia. Algunos hablan de magia negra y otros de magia blanca. La primera tiene que ver con todo aquello que hacemos para obtener poder material. Es decir, es todo aquello que realizamos en nuestras vidas para nuestro propio beneficio. La magia blanca sería aquello que realizamos para beneficio de los demás y que nace de un estímulo oculto y espiritual. Sería algo así como el resultado de dirigir la actividad creativa del mundo intangible hacia el plano de la materia para beneficio de todos.

Aquellos que han dedicado su vida a conocer las leyes ocultas para invocar esa mediación de lo Espiritual se llaman magos. La magia se ocupa del conocimiento que nace de esa estimulante vida interior para ser dirigida hacia el servicio a los demás. Sólo la magia negra está al servicio del poder y de uno mismo con sus graves consecuencias.

Dicho esto muchos pensarán que la magia en todo caso es cosa de magos. Pero si analizamos con atención toda nuestra vida diaria, nos damos enseguida cuenta de que todos somos magos y todos practicamos magia porque visto el mundo con ojos inocentes, todo parece estar hecho por “arte de magia”. Sólo debemos desvelar el velo que cubre nuestra mirada para darnos cuenta de ello. Imaginémonos preparando una taza de té. Si prestamos atención, en ese sencillo acto estamos invocando a los cuatro elementos.

No es posible preparar un té sin la ayuda de los seres que la tradición arcana llama elementales. Para calentar el agua son necesarios los seres del fuego, las salamandras llamadas en la tradición; el agua reside en los dominios de las ondinas; las hojas que se hierven surgen del dominio de los gnomos, los señores de la tierra, mientras que el vapor está en el de los silfos. Una vez se hemos apartado el velo que cubre con ingenua reverencia nuestra visión, queda revelada la verdadera significación espiritual incluso en los actos más sencillos.

En esta época de confusión donde todo vale, los verdaderos magos no evocan a los elementales para su control ni invocan a supuestas entidades superiores para requerir ayuda. El mago “reza”, entra en oración y meditación profunda con el único requerimiento de hallar más inspiración y lucidez en su sendero para servir mejor, para amar mejor. En silencio, humilde. No crea conjuros extraños ni se vale de extraños maestros o sibilinos mandamientos. Ritualiza su propia vida para darle significado profundo. Sacraliza la vida ordinaria para que una simple taza de té pueda ser excusa perfecta para agradar y servir al otro. Respeta todas las fuerzas y sólo hace uso de ellas si con eso mejora la ayuda al prójimo. Nada pide para sí, todo lo entrega.

Como bien observó Goethe, muchas mariposas parecen pétalos de flor. Hay en esa observación una profunda enseñanza. El verdadero mago es aquel que florece como una rosa y prosigue su transformación hasta que, de tanto compartir néctar, se transforma en mariposa, en luz, en resplandor…

(Foto: © Takis Poseidon)

 

 

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