Un momento de calma


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Es cierto que llevábamos unos días adaptándonos a nuestra nueva vida en los bosques y nos habíamos tomado estas semanas con algo de filosofía, sin excesos, sin atosigarnos, sin renunciar a la calma merecida y al descanso. Este fin de semana, aprovechando el buen tiempo que inusualmente acontece en estas celtas tierras por las fechas que corren dábamos paseos por la playa, por pueblos hermosos y ayer una preciosa excursión de castro a castro por la sierra de Édramo, la misma que protege nuestro pequeño valle que por lo que nos contaron, en alguna época lejana debió ser un glaciar.

Estáis viviendo en el epicentro del glaciar, nos decían ayer. Hoy nos decían cosas más profundas y metafísicas sobre el lugar que curiosamente coinciden con cosas que ya nos habían dicho personas diferentes.

Hace unos días tuvimos uno de esas jornadas extrañas en las que ocurren acontecimientos encadenados igual de extraños. Los animales estaban como desquiciados, la gata Gaia tuvo una especie de ataque de histeria que luego, por la noche reprodujo el perro Geo. Era como si ambos hubieran visto a un fantasma o algo peor. Luego, cuando parecía que todo había acabado y los sustos se habían terminado notamos como de repente un silencio inusual se apoderaba de todo. No se escucha el ladrido del perro vecinal, ni los grillos, ni el viento, ni nada que pudiera cortar aunque fuera un trozo de ese mutismo sigiloso. Fue un momento de calma de lo más extraño.

En el paseo de ayer nos decían que estamos viviendo cerca de un lugar sísmico muy potente, y que es muy frecuente, antes de que ocurra un pequeño temblor o terremoto que los animales tengan comportamientos extraños o que todo se silencie de repente. Ese día tuvimos algo de miedo, pero esa explicación que parecía razonable nos tranquilizó.

Sea como sea y a pesar de estas anécdotas estamos tomando poco a poco consciencia de la situación en la que nos encontramos. De repente es como si la realidad que nos envuelve nos estuviera abriendo muy despacio los ojos. Hoy mientras paseábamos por los prados con amigos que han venido desde Barcelona para pasar unos días con nosotros nos dábamos cuenta real de donde estamos. Sentí cierta emoción interior al descubrir que tras muchos años de pruebas y divagaciones habíamos llegado al punto de construir con nuestras manos y ya no sólo con palabras la utopía soñada. Los golpes que esta mañana daba mientras arrancaba unas maderas de la pared eran golpes reales, ya no sólo el teclear buceando en principios filosóficos sobre la creación o no de esto o aquello. Esa madera era real, ese sonido era cierto, mis manos estaban tocando la casa de piedra, de acogida, y mis pies se apoyaban en los prados y bosques que albergarán a cientos de almas en búsqueda de transformación interior.

Más allá de las riquezas materiales, estamos tomando consciencia de que las riquezas interiores no tienen precio, y de que toda esta calma que hemos sentido estos días no son más que el preludio de una nueva vida de entrega y servicio hacia una causa mayor. Y sentimos que no es una causa nuestra, que nos pertenezca, sino que somos simplemente integrantes de algo desbordante que desea rebosar por todas partes. Sentimos que el paso que hemos dado es un paso de esperanza, de pequeña ola que se suma a ese inmenso océano que ha de llegar. Lo sentimos porque no paran de llegar almas peregrinas que nos confiesan extrañados de sí mismos que aunque aquí no tengamos lavabos ni agua corriente ni luz ni casa habitable merece la pena hacer miles de kilómetros para compartir un trozo de tiempo. Algo transformador se palpa en el ambiente y todos quieren conocerlo. Suponemos que se trata de esa riqueza oculta, como ese terremoto que produce un inmenso momento de calma para luego transformar y remover las profundidades. Así es, y así parece que ocurre en todos los que llegamos hasta aquí.

(Foto: un momento de calma en la hermosa sierra de Édramo, con Laura y Geo)

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