Kadosh y Adeptus


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Así llegó a ser la humanidad. La humanidad se hizo con las lágrimas emanadas de mi Ojo. (Canción del dios egipcio Atum, siglo IV a.C., según el mito de la Creación del Papiro Bremner Rhind).

Adeptus significa en latín “el que consigue”, “el que alcanza”. En cierta literatura esotérica significa uno que ha alcanzado un cierto grado, por lo general elevado, de visión y compromiso con los propósitos de la vida. En este sentido designa a un “Maestro del Arte”, cualquiera que ésta sea, pero entendiéndose normalmente como el arte de la transformación interior, el arte de conseguir el proceso alquímico necesario para poder transcender la ceguera y la ignorancia y ponernos al servicio de ese algo mayor que aún desconocemos.

Algunas escuelas de la antigüedad ofrecían entrenamiento para llegar a esta categoría. Existían complejos mecanismos de iniciación donde se recibía a aquel que estaba preparado para la renuncia y la conquista de cierto grado de realización. Algunas tradiciones espirituales a muchos de estos iniciados los llamó “santos”, en hebreo kadosh, “elegido por Dios” o bien persona diferenciada, distinguida. En masonería, el “caballero Kadosh” es el grado 30 del Rito Escocés Antiguo y Aceptado. Al igual que siglos atrás hacía la caballería espiritual, entre sus obligaciones están las de defender los principios ocultos, al igual que la de proteger a los peregrinos que se encaminan a “tierra santa”.

Cuando el neófito era iniciado, una de sus funciones consistía en convertirse en cuidador del antiguo conocimiento oculto, solo transferible a aquellos que estuvieran preparados para entenderlo. Uno de los principales secretos y una de la más ambiciosa meta de todo adepto era la de poder ofrecer una ayuda compasiva a la humanidad.

Para ello debía atravesar un mundo cargado de pruebas donde sus tutores y guías revisaban cautelosamente todos sus avances. Las antiguas escuelas pensaban que las pruebas ofrecidas sólo pretendían reforzar la determinación del iniciado en continuar su avance y comprobar si realmente su fortaleza interior y su preparación eran dignos de mayor recompensa.

Todo esto ocurría y ocurre incluso ahora, aunque sea de forma anecdótica y casi residual en órdenes iniciáticas que transmitían generación a generación los secretos del silencio, el estudio y el servicio. Eran iniciaciones humanas, más bien con un valor simbólico para proveer al neófito espiritual de ciertas pistas y comprensión sobre el verdadero valor de la iniciación real.

Dichas pistas se ofrecen al curioso, pero el hermetismo de la verdadera enseñanza es tal que resulta casi imposible poder llegar al mismo para el estudioso ordinario. Las revelaciones verdaderas ocurren en los planos interiores, siendo el secreto de dichas revelaciones uno de los principios por los que se puede seguir avanzando. Hablar de cierto control de la materia, de la transformación de los metales, como dirían los antiguos alquimistas, añadido al control de los planos emocionales y sus fuerzas así como las energías de los planos mentales no tendría sentido si no fuera por la rigurosa prueba de fuego que invita al silencio.

Por eso resulta difícil encontrar a verdaderos Adeptos. Su trabajo silencioso e invisible hace casi imposible el contacto, a no ser que se haya desarrollado cierta visión e intuición para poder reconocerlos. Las pistas que ofrecen las escuelas que se aproximan al estudio de los misterios menores nos ayudan a potenciar el entendimiento y acercamiento a los verdaderos principios de los Misterios Mayores, aquellos que promueven bajo un sagrado juramento la disposición para “unirnos con nuestra más alta y genuina divinidad”, o lo que es lo mismo, “unirnos con nuestro superior Genio Divino”.

La prueba real nada tiene que ver con las versiones simbólicas. La iniciación Solar, alejada de la humana, sólo es posible cuando nos enfrentamos realmente a la renuncia de todo cuanto hasta ahora nos ha representado. Todo lo demás no deja de ser anecdótico, simbólico e ilusorio para el estudiante y comprometido buscador que desde su propia ingenuidad cree haber alcanzado algún tipo de meta oculta o realización espiritual. Nada más alejado que eso. Tal es su despiste que sigue en la creencia de que ciertos conocimientos y prácticas pseudoespirituales le dotarán de realización.

La cuestión es, ¿qué significado puede tener esto hoy día? Mucho o ninguno, dependerá de nuestro acercamiento al Arte y su profunda comprensión. Como decía un antiguo Adepto: “Toda la vida nos ha sorprendido que se necesite tan poca actividad de la Voluntad para engendrar notables revelaciones acerca de ese dominio Espiritual que se halla al otro lado del velo fenoménico. Será porque el dominio de lo Espiritual es muy generoso con sus bienes, muy propenso a dar de sí a quienes encuentra preparados para buscar y recibir”.

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