En las orillas del corazón


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© Adam Dobrovits

 

Los corazones se sienten abrumados y perdidos. Casi siempre con esa sensación de soledad, de abandono, de injusticia y rabia. Sobre todo con esa sensación de pérdida, de vacío. No es de extrañar. En nuestra vida se entrecruzan corrientes que nacen de nuestro pasado aún no olvidado, traumas que no cicatrizan, circunstancias presentes que no acompañan a una correcta armonización. Y luego está el mundo, con sus contradicciones, con su vida aún anclada en el conflicto, en la guerra, en la búsqueda de adversarios y enemigos.

En los tiempos más antiguos los sabios consideraban al corazón como la morada de Dios. Para ellos ese lugar recóndito era la cueva donde nacía la promesa del espíritu, la salvaguarda del misterio de la vida. Hablar del corazón es hablar de trabajar sobre el Bien, sobre lo Bello, afirmando el poder del conocimiento que nos arrastra inevitablemente a reconocer y practicar el principio creador de la benevolencia.

En nuestra época hemos olvidado el verdadero poder del corazón, por eso es necesario volver a sus orillas, aproximarnos a la reconciliación con su esfera de influencia. Un corazón sano, benévolo, armónico, es capaz de cualquier cosa. El corazón no es tan sólo la fuerza motriz que nos da vida, es también la poderosa llama que nos acerca al fluir invisible, al velo tejido que separamos con amor y candor para atravesar al otro lado. Todos nuestros corazones juntos representan el templo de la humanidad. Todos nuestros corazones juntos laten como un tambor cuyo poder invocador es ilimitado.

Orientamos nuestro corazón hacia la Vida, hacia la verdad infinita. Nos relacionamos con la vida mediante el amor y nuestra inteligencia es capaz de convertirse en el medio evocador, en el propósito que nos guía por la correcta conducta y el verdadero propósito. Sólo desde el amor que nace como una llama potente de nuestro corazón podrá consumir todas esas aristas que arrastramos, toda esa negrura que pesa sobre nosotros.

Quién es capaz de amar de igual manera a una flor y respetar la vida de un animal se encuentra en el sendero del corazón. No es posible entrar en la puerta del Misterio si antes no se ha conseguido este respeto. Los guardianes del umbral no dejarán entrar a aquellos que tengan mancillado su sendero. Para subir a esa cima es necesario comprender que el amor que nace de un corazón recto empieza siempre por lo más primario, por lo más sencillo, por el amor a una flor y el respeto vital hacia la vida de nuestros hermanos más pequeños. No es posible entender la Vida si no somos capaces de aproximarnos a ella practicando mediante pensamientos y actos puros, mediante un enfoco primordial en la expresión del amor universal y la generosidad, aquello que equilibra al mundo.

Las riquezas materiales y espirituales nacen del amor, del corazón, del compartir. Es una ley suprema. Esas riquezas son un puente que nace desde lo más alto para darnos la oportunidad de comprender el verdadero significado de la comunión. Es el corazón la morada del recto conocimiento, de la recta comprensión de todo misterio. Los arcanos secretos se desvelan en los papiros de nuestro interior. Nuestro corazón es el hogar de nuestra consciencia, un proceso lento pero necesario para poder entender desde una vida sensible y abierta los retos del devenir. Aquel que no reside en el corazón no puede mejorar su consciencia, y por lo tanto, no puede llegar a entender los principios de la vida.

¿Y cómo llegar a ese entendimiento si no somos capaces de acallar nuestras voces y atender su latido? Aún no estamos capacitados del todo para comprender que al acallar nuestros ruidos y acercarnos a los latidos del corazón, el despertar nuestro centro cardiaco, conduce inevitablemente a la consciencia grupal, a la propia humanidad y a la consciencia del todo.

¿Cómo nutrir nuestros corazones? En silencio, en comprensión de la unidad, en el estudio necesario de las causas y los arquetipos y en la generosidad de un servicio enfocado hacia el bien común. Sólo con amor y en amor podremos romper con las barreras que nos limitan y comprenderemos la fuerza transmutadora de nuestros corazones. Caminemos lentamente a sus orillas. Caminemos al hogar del espíritu. Que la doctrina del corazón nos ayude.

 

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