Hacia un nuevo estilo empresarial


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Muchos amigos dicen que mi pequeña editorial no tiene categoría de empresa. Que más bien es otra cosa, difícil de definir y más difícil aún de describir con certeza. La Comisión de la Unión Europea sugiere la siguiente definición para empresa: “Se considerará empresa toda entidad, independientemente de su forma jurídica, que ejerza una actividad económica. En particular, se considerarán empresas las entidades que ejerzan una actividad artesanal u otras actividades a título individual o familiar, las sociedades de personas, y las asociaciones que ejerzan una actividad económica de forma regular”.

El término se aproxima algo a lo que en 2006 creamos de forma un poco díscola y desordenada. En los primeros años llegamos a ser cuatro socios capitalistas, porque algo de capital se puso para poder poner en marcha tan semejante locura. No fue mucho pero lo suficiente para empezar a tejer sueños. Al principio era todo muy artesanal, casi familiar. Uno de los socios se encargaba de diseñar las portadas y yo, de forma muy rudimentaria, aprendía a hacer una web y a maquetar libros. Luego, al ver que la cosa iba en serio, llegaron nuevos socios y amigos que quisieron apostar por el proyecto.

En los primeros tiempos nos reuníamos en una finca con todo lujo de comodidades. Era antes de la crisis. Las reuniones tenían un tono casi festivo, siempre de buen humor, tomándonos el proyecto más como un entretenimiento que como algo realmente serio. Luego llegó la crisis y hubo silencio y diáspora. Los socios desaparecieron y me quedé sólo y desnudo con la romántica idea de seguir adelante a pesar de todo.

Este verano tuve un bajón “empresarial”, uno de esos que de vez en cuando te dan cuando ya no sabes si seguir con el proyecto o venderlo al mejor postor. El problema de esta humilde aventura es que a nadie de Silicon Valley le interesa. No me iba a hacer millonario vendiendo una editorial en plena crisis del sector. Sin embargo, cuando lo intenté, algo diferente pasó fuera y dentro de la misma, incluso fuera y dentro de mí mismo. Me di cuenta de que todo lo que durante años habíamos creado tiene un “valor”.

Mi amigo tiene razón cuando a este proyecto que ya ha editado más de cien libros en ocho años no se le puede llamar empresa. Recuerdo cuando trabajaba desde Alemania, en aquella bucólica granja de caballos creando Nous, el segundo sello editorial. Recuerdo también cuando vivía en aquella hermosa casa de diseño que aparentaba albergar a un joven empresario de éxito y en cuya terraza ideamos el tercer sello, Welton, que murió al poco de nacer. Realmente aquel aparente triunfo lo hubiera sido si los escrúpulos de un humanista no hubieran sido más fuertes que las decisiones empresariales. En tres ocasiones perdí la oportunidad de hacerme con bastante dinero con tal de seguir eso que llaman principios o valores. Es lo malo de conjugar romanticismo con empresa. O quizás lo bueno de empezar a creer que otro tipo de modelo empresarial es posible. Empresas con alma, entidades con valores.

La editorial siempre ha sido de alguna forma itinerante. Ya ha tenido más de seis sedes sociales y parece que no termina de encontrar, como su creador, un lugar donde descansar en paz.

O quizás estemos ante un nuevo fenómeno de empresa, un nuevo modelo rompedor que tiene más que ver con las nuevas tecnologías que con las antiguas creencias empresariales. Cuando observo con detalle mi nueva mesa de trabajo, un tablón de madera anclado en la parte norte de esta pequeña pero hermosa caravana me pregunto si no estamos, sin darnos cuenta, creando una nueva forma de crear riqueza, un nuevo paradigma a la hora de tejer otras maneras de entender el capital y el lucro.

Quizás ahora pueda parecer ridículo o incluso cómico el estar trabajando en una mesa de caravana. Pero no lo es tanto si pensamos eso de que grandes empresas nacieron en un garaje. O incluso el como ha evolucionado empresas como WhatsApp. Su creador, Jan Koum, de origen ucraniano llegó a Estados Unidos casi sin saber inglés. No terminó la universidad y durante años vivió ayudándose de cupones para poder comprar comida. Las oficinas de WhatsApp han pasado de estar en una pequeña sala dentro de la sede de una empresa de fundas, a ocupar un edificio de cuatro plantas en el centro de Mountain View, muy cerca de la parada del tren que recorre Silicon Valley. Nosotros seguiremos creando en nuestra humilde caravana… y quién sabe si el humanismo y los valores algún día consiguen triunfar en el mundo de la empresa.

(Foto: Mi humilde despacho en Mao Valley, en el centro neurálgico del proyecto O Couso).

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