Bienaventurados los mansos


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¡Qué incomparables encuentro tus designios, Dios mío, qué inmenso es su conjunto! Si me pongo a contarlos, son más que arena; si los doy por terminados, aún me quedas tú. Señor, sondéame y conoce mi corazón, ponme a prueba y conoce mis sentimientos, mira si mi camino se desvía, guíame por el camino eterno. (Salmo 138)

Realmente no sé qué haría ni cómo reaccionaría ante una guerra, ante una epidemia, ante una situación dramática como esas que todos los días aparece en la televisión. Desde hace tiempo intento que las circunstancias exteriores no perturben la paz interior, el propósito interior. Es algo complejo porque la vida no siempre es un camino de rosas ni las cosas ocurren como uno desea. Pero existe una especie de hilo conductor que da sentido a muchas cosas. El conocimiento de ese inconmensurable designio del que habla el Salmo, al menos la intuición de su probable existencia te hace ver la vida de forma diferente. De alguna forma, terminas por volverte un manso, es decir, un alma que fluye con la substancia de las cosas, con la inmensidad y con el misterio. Ya no lucha por doblegar las circunstancias, sino que aprende que las mismas están ahí para que no cedamos en nuestros principios, en nuestros valores, en nuestras metas.

Si el camino, nuestro camino propio y colectivo, alguna vez se desvía de aquello a lo que hemos venido a este mundo, todo confabula para que la guía apropiada aparezca. A veces en forma de enfermedad, de accidente, de suplicio. A veces en forma de silencio, de profundo silencio o de una mano amiga que te lleva hasta ese camino de realización.

Ser manso no es fácil. Requiere de cierto entrenamiento, de cierta actitud, de cierta aceptación. Aceptarnos a nosotros mismos con nuestros defectos, nuestras sombras, nuestras virtudes y luces. Y aceptar que existe algo mayor a nosotros mismos que nos mueve y nos conmueve. Eso que llamamos vida. Eso que llamamos misterio. Y lo llamamos así porque ignoramos realmente el sentido de toda la existencia. Ignoramos hasta el punto de que nos creemos poseedores de algún atisbo de verdad. No somos aún conscientes de que lo inabarcable es imposible entenderlo desde nuestro limitado prisma. De ahí la humildad, el respeto y la inclinación mansa ante todo lo que nos rodea. De ahí la necesidad de dejarnos guiar por el devenir, con curiosidad, con amistosa calma, con esmero y ganas.

Me daba cuenta esta tarde mientras veía como las gallinas deambulaban por el prado de un lado a otro. La hierba se mecía bajo el manto del atardecer y las castañas caían desde lo más alto de las ramas hacia esas florecillas violetas que ahora en otoño lo inundan todo. Había un crujir en la escena, un halo extraño y misterioso. Tanta belleza hipnotiza. La naturaleza, vivida desde cerca, encierra un hermoso y profundo mensaje. Es como una guía palpable sobre el camino eterno. Es como una revelación que nos pone a prueba sobre nuestra finitud y el como empleamos este tiempo único hacia el bien común, cumpliendo siempre nuestra parte, consumando siempre nuestro propósito. Somos un suspiro y es nuestra responsabilidad dejarnos mecer por lo profundo. Bienaventurados los mansos, ellos heredan la tierra porque suyo es el reino de todos los cielos.

(Foto: © Ibai Acevedo)

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