La misión. Deja que la semilla se rompa…


the mission

“La luz brilla en la oscuridad y ésta no la vence”, Juan 1:5

Tras tener el honor de presentar esta mañana en Madrid el primer libro de Elien, me marché a comer con el amigo Luis y luego terminamos la sobremesa viendo la película de Roland Joffé, “La Misión”. Acabamos medio llorando en el salón de su acogedora casa y preguntándonos qué misión tenemos como seres humanos.

Luis me hablaba de la inevitable llamada, de la necesidad de discernimiento para poder saber qué es lo mejor, de qué forma debemos actuar y hacia donde dirigir nuestros pasos siempre para mayor gloria de Dios. Elien se refería a eso mismo diciendo que para poder discernir bien ese camino, primero debemos morir, como muere la semilla para que nazca una nueva planta. Si tenemos miedo a morir, si no lo hacemos realmente, entonces lo nuevo nunca llega a nacer. Elien nos animaba a ello: “deja que la semilla se rompa”. Su frase y su tono fueron los adecuados para sembrar en nosotros una semilla de esperanza y cambio.

Tras el visionado de la película nos sentíamos aturdidos por el mundo, por sus cosas, por sus intereses y máscaras. El final es impactante y te hace cuestionar muchas cosas. Lo importante fue el poder mirarnos juntos al espejo y preguntarnos al unísono: ¿cuál es nuestra misión en la vida? Llegamos a una conclusión parecida: servir. El servicio como aquello que nos hace compartir lo que somos, que nos hace comunicar al mundo nuestro propio don. ¿Qué es aquello que se manifiesta en nosotros de forma brillante? Eso es servicio. Porque cuando compartimos lo mejor de nosotros, de alguna forma estamos ayudando a construir un mundo mejor para Ad maiorem Dei gloriam. Así lo sentíamos ambos y así buscamos juntos la manera de perfeccionar ese camino de servicio, cada uno desde su posición privilegiada, a sabiendas de que debemos dejar que la semilla se rompa para que siempre nazca lo nuevo, lo mejor, lo maduro.

Es cierto que en esa llamada siempre hay miedo y perdición, confusión y despiste. No importa. Todos sabemos que en este maravilloso mundo la gloria se alcanza en las cosas pequeñas y cotidianas, sin necesidad de grandes proezas. Cualquier gesto, por pequeño que sea, ya forma parte de ese contingente de cambios posibles.

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