Peregrinos, nómadas y vagabundos


a

Estos días en Madrid están siendo intensos. El hecho de tener que dejar el piso que me dio cobijo durante dos años es ya motivo suficiente para pensar que algo va a cambiar a partir de ahora. Lo único que permanece es el cambio, me repito una y otra vez, así que este pequeño cambio espero que sea para seguir adelante. No siento que me esté despidiendo de Madrid, pero sí que antes de marcharme debo poner algunas cosas en orden, más interiormente que por fuera.

Hoy asistía a una charla muy interesante en una fundación que pretende crear una comunidad en el hermoso valle del Tiétar. Se trata de un proyecto cuya característica especial es que estará habitada por personas que están ya en ese hermoso y maduro proceso de la senectud. Pretenden crear una especie de cohousing donde poder compartir en un espacio privilegiado una experiencia de actividad común. Había visitado en estos años de investigación antropológica muchos tipos de comunidades intencionales, pero hoy era la primera vez que me enfrentaba a una intención tan hermosa: compartir la madurez de la vida, el retiro, no en algo pasivo sino en algo creativo, compartido y cargado de experiencia comunitaria. Esto es síntoma de que algo bueno está pasando ya no sólo a niveles de juventud con ganas de cambio, también en la esfera de la plenitud madura.

Al salir me encontré con un viejo amigo con el que terminé pasando la tarde. Su lucha, su intención es la de ganarse la vida, la de ser un nómada que cambia de traje por las mañanas y por las tardes para conseguir aumentar su caudal de divisas. Decía que se sentía cansado del mundo de las máscaras y le pregunté cual era el motivo de su insatisfacción. “Quiero discernir lo que es verdadero”. Su respuesta me hizo pensar y llegué a observar que quizás ese mundo de disfraces, que al final resulta ser un inocente juego, también forma parte de esa cosa verdadera. Más allá de la moral de nuestro tiempo, más allá de la ética en la que naveguemos, las máscaras también pueden ser una forma de enfrentarnos a la realidad.

Me gustó la distinción que hacía entre nómada, peregrino y vagabundo. Nunca lo había pensado hasta hoy. Pensé que ninguno es mejor que el otro. Quizás el peregrino tenga una intención clara, un destino para su viaje, para su peregrinar, y quizás conozca algo de su camino. El nómada es desplazado según las necesidades vitales y la fortuna a la hora de buscar refugio y alimento. El vagabundo no le da ninguna importancia ni a uno ni a lo otro. Navega libre sin saber qué comerá y sin saber a dónde ir o cual es su meta o propósito en la vida. En el fondo todos, en alguna fase de nuestras vidas, tenemos algo en común con todos ellos. A veces nos sentimos nómadas, otras peregrinos y otras simples vagabundos con necesidad de abrazar a un gran oso de peluche para sabernos, al menos, queridos por el mundo. Es posible que el mundo de las máscaras produzca cierto tipo de soledad parecida a la del vagabundo. Puede llegar a ser peligrosa si no sabemos reconducirla. Errar por la vida sin un propósito, sin una meta, sin un camino puede llegar a ser incómodo. Pero no todos están dispuestos a presentarse ante el camino con el desapego de un vagabundo y la fortaleza de un nómada. No siempre estamos dispuestos a perderlo todo para reencontrarnos con nuestra verdadera esencia. No todos, como los amigos del cohousing, están dispuestos a llegar a cierta edad para afrontar un importante reto, una actividad bien alejada de la vida pasiva y tranquila que para muchos esa edad requiere.

Anuncios

2 thoughts on “Peregrinos, nómadas y vagabundos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s