Y emprendí la búsqueda de mí mismo…


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…” y emprendí la búsqueda de mí mismo“… (Heráclito)

Toda nuestra vida está marcada por una triple ansiedad, nos dice Dürckheim: el miedo a la destrucción, la desesperación ante lo absurdo y la angustia ante el aislamiento. Esto es motivo suficiente para buscar constantemente seguridad, sentido a la vida y amor. Sin embargo, esto no es válido para todos. Hay seres que sienten una nostalgia superior a la seguridad, el sentido –incomprensible- de las cosas y el amor. Buscan más allá y no se conforman con la limitante experiencia profana. Lo sagrado invisible ocupa sus horas, sus deseos, sus anhelos. Sus ansias de trascender enriquecen cada segundo de su existencia. Su vida fluye como un manantial cuya fuente es inagotable.

Lo decía Paracelso: “que no pertenezca a otro quien pueda ser dueño de sí”. A otro o a otra cosa. El camino de sí mismo, la búsqueda incesante del raudal de vida libre desenmascara a los impostores que intentan encadenarnos o confundirnos. Las naciones, las creencias, los mitos, los dogmas, la costumbre, los dioses, el dinero, el poder. Fantasias inventadas por el humano para saciar sus miedos. Un sinnúmero de fantasmas que hipnotizan nuestra vida para mecernos en ese caudal de promesas y sueños. A veces resulta difícil liberarnos de ese mundo narcotizado, aletargado, entumecido y somnoliento. A veces simplemente dejan de existir, de repente, ante la inevitable senda de la búsqueda del Ser.

Dürckheim escribió un libro sobre meditación que subtítulo acertadamente “hacia la vida iniciática”. Entiende la trascendencia como ese lugar donde el Ser se libera de los frondosos bosques, de la oscuridad y la ceguera. Un camino donde la premisa es liberarnos de nosotros mismos, de nuestros prejuicios, de nuestras banalidades, de nuestros apegos y cárceles materiales y espirituales. El camino iniciático requiere pérdida inevitable. Lo añejo muere, existe realmente un ritual de expiración para dar paso al nuevo ser, al ser que aspira a completarse humanamente hacia cuotas mayores.

Al principio hay oscuridad, confusión, duda, miedo. De alguna forma descubrimos nuestro cautiverio y aspiramos a ser seres totales y libres. Allí al fondo está esa tenue luz, ese latir excitante, ese toque de clarín que nos anima a continuar hacia el elixir deseado y sentido. Tras la oscuridad emprendemos la inevitable travesía del desierto. Nace entonces la incomprensión, el escándalo para aquellos que no soportan el vernos dirigir nuestros pasos hacia la firme consecución de nuestra plenitud y realización. Más duda, más miedo, pánico a ese aterrador sendero plagado de incertidumbre.

Esta experiencia provoca inevitablemente transformación. Nos fijamos más en los silencios que en la palabra, nos sentimos más cómodos con el verbo que con el sustantivo. Los adjetivos desaparecen y el continuo gerundio se manifiesta constantemente en nuestras vidas.

Es arriesgado, pero todo aquel que haya la senda de la realización siente la necesidad de dar testimonio de la misma. A veces en callada pose, en ejemplar vida como aquella de los santos. Otras simplemente ayudando a elevar la aspiración humana hacia esas cotas alcanzables de realización. De alguna forma te abandonas a la progresiva necesidad de abrazar lo absoluto. Pérdida y conquista. Emprendimiento y revelación. Un mundo fascinante se cierne sobre nosotros una vez vencido el miedo.

 

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