Cambiamos “cosas” por “vivencias” y dejamos de existir


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Ahora que estoy haciendo mi mudanza hacia ninguna parte, hacia un lugar etéreo donde aún no sé qué formas tendrá, veo como día a día, con esfuerzo y tesón, el ser humano se empeña en acumular cosas. Miro a mi alrededor y me pregunto como llegó esto o lo otro y para qué sirve realmente. Me pregunto qué necesidad tenemos de acumular objetos cuyo uso ridículo ni lo sabemos. Tenemos tantas y tantas cosas que atesoramos con auténtica obstinación. Esas cosas realmente son inútiles. El ser humano está empeñado en producir, producir y producir para luego tirar, tirar y tirar. Nos hemos convertido en una especie de máquina de hacer cosas inútiles. Figuritas, adornos, muebles para llenarlos de más figuritas y adornos, grandes maletas para transportar en cada viaje cientos de cosas que luego no utilizamos. Tenemos una lista infinita de objetos que nunca nos ayudarán en nada. Sólo nuestro empeño en acumular puede darle algún tipo de explicación irracional a todo este proceso.

Por suerte hay personas que empiezan a comprender que las experiencias y las vivencias pueden enriquecerte más que mil objetos acumulados. Para poder tener vivencias es necesario disponer de tiempo. Por eso hay gente que ya empieza a comprender que a más tiempo, más experiencias. Algunos piden reducción de jornada, otros directamente dejan sus antiguos trabajos para dedicarse a lo que realmente les motiva. Unos se van de voluntarios a diferentes países y otros acuden al ahorro en cosas para transformarlos en aventuras y viajes. Cada vez que dejamos de comprar algo y lo canjeamos por una experiencia estamos de alguna forma acumulando tesoros existenciales, profundos pozos de sabiduría sutil.

Cuando uno muere las cosas se quedarán aquí. Vendrá alguien y las tirará al contenedor y todo nuestro afán de acumulación habrá terminado. Sin embargo, las experiencias nadie podrá borrarlas de nuestra existencia. Algo quedará en el universo cuando nosotros no estemos. Algún tipo de memoria metafísica se encargará de ordenar en la psique colectiva todo ese cúmulo de riqueza experiencial. En la versión inversa, cuando cambiamos cosas por vivencias de alguna forma dejamos de existir. Compramos una cosa para satisfacer nuestro primario impulso consumista. Cuando lo conseguimos la cosa en sí ya no tiene valor y queda olvidada. Sin embargo, las experiencias las recordamos constantemente. Aquel abrazo, aquel atardecer, aquel viaje, aquel amor de verano, aquellas flores en el jardín, ese inolvidable paseo por el bosque. Esos son tesoros que siempre nos acompañan.

Piénsalo bien antes de gastar dinero. ¿Qué clase de tesoros deseas acumular en la vida? Sin duda, el mayor de ellos, el que más satisfacción e influencia ejerce en nosotros es el acto generoso de compartir. Más allá de vivir experiencias, el compartirlas nos eleva aún más en nuestra condición humana. Nos llena de satisfacción y rebosa en gozo a todos los que participan en ella. Cualquier gesto, por minúsculo que sea, provoca en la humanidad entera un estímulo hacia el desarrollo positivo. La esperanza de un mañana diferente y mejor pasa inevitablemente por este tipo de experiencias compartidas. El amor se magnifica cuando responde abiertamente a acciones que militan en el proceso diario de nuestras vidas. Cuanto más amorosos somos, más rica y profunda resulta nuestra existencia. Cuantas más experiencias vivimos mayor es nuestro reino de los cielos.

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