El Gran Prisionero


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Después de nuestras tareas cotidianas, reunámonos para cambiar ideas sobre el corazón. Ello nos conducirá más allá de los dominios de la tierra, hacia el mundo sutil, con el propósito de cercarnos a la esfera de Fuego”. (Prefacio del libro “Corazón”, de Nicholas Roerich).

Es fácil alejarse de las doctrinas del corazón. Existe siempre la amenaza constante que pretende desviar nuestro rumbo de aquello que nace de nuestra más íntima esencia. En algunas tradiciones el corazón es representado como un ancla en un día de tormenta. Resulta difícil penetrar dentro de nosotros. Ahí fuera hay una gran tempestad, un diluvio de tentaciones que desvían nuestra atención hacia las diez mil cosas de las que hablaba Laotzi.

Debemos estar precavidos para presentir la gran batalla y el amenazante peligro que se cierne sobre todos aquellos que pretenden hollar el sendero de la pureza interior, del aclamado alarido del alma. El corazón es considerado siempre como nuestro refugio ante la adversidad. Allí reside el átomo simiente, la llama dulce que ilumina la cueva del nacimiento, la luz que guía nuestros pasos en la oscura noche del alma. Allí está nuestra confianza en las fuerzas celestes, en los movimientos cósmicos que describen las leyes universales, la profunda impermanencia de todas las cosas y el orden que se teje en la red de compasión que subyace en toda la creación. Es esa rejilla de luz y amor que nos envuelve y que encuentra sentido ahí dentro, en la penumbra de su nacimiento.

El corazón fue llamado el Gran Prisionero por hallarse a merced de esas fuerzas que nacen del plexo solar, algo más abajo de esa aspiración del alma que pretende arrebatarnos hacia los mundos sutiles. A veces ocurre que el corazón se siente preso de las circunstancias, de nuestros delirios, de nuestras debilidades, impidiendo toda expresión. En esa prisión se mancilla, se olvida su propósito y desterramos de nuestras vidas la ilusión por la realización de un mundo mejor, más bello, más armónico, más lúcido.

Sólo desde el corazón, el minúsculo átomo humano se conecta con el fluido de la Gran Vida. Sólo cuando alcanzamos a penetrar esa voz sutil que nace desde dentro podemos comprobar que lo ígneo se realiza en ese gran plan de luz y poder. Mientras eso ocurre anhelamos palacios y comodidades, lugares plácidos donde poder teorizar sobre la vida olvidando que la savia que brota está en el esfuerzo, en el trabajo constante y diario, en la a veces pesada trasiega hacia lugares incómodos, fríos y desolados.

Reflexionaba estas cosas mientras mecía mi vida debajo de la sombra de un castaño centenario y observaba como los conejos y las gallinas se aproximaban desde su propia visión al flujo vital. El corazón humano tiene la certera sensibilidad de aproximarse a estas observaciones y hacerlas útiles para un mayor contacto con la vida. Las gallinas se acercaban desde su inconciencia abrazando los últimos rayos de la tarde. El corazón humano que las observaba desarrollaba con su fugaz revelación una extrema sensibilidad hacia toda manifestación de vida. Aquellos que conocemos y amamos son nuestro campo de experimentación para provocar el mundo sutil e ígneo. El corazón es nuestra primera puerta para penetrar en esos profundos misterios. No lo hagamos prisionero de nuestros apetitos, necesidades y perturbaciones. Dejemos que se exprese. Dejemos que crezca para bien de todos. Practiquemos los caminos.

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