Hacia el vuelo mágico


a

En uno de esos viajes relámpagos tuve que dejar el oasis gallego para atravesar toda España y desembarcar en el sur de Andalucía donde mañana me espera una reunión de trabajo. Todo eso con uno de los pies inmovilizados pero con el entusiasmo de ver como las cosas avanzan por su camino.

Mientras esta noche, medio asfixiado por este calor sureño, elegía el tono de la alarma que me despertará mañana, de repente observaba como mi mano bailaba al son de la música. Veía su ritmo que nacía y danzaba, observaba dentro de eso que llamamos imaginación, como poco a poco la mano se iba transformando en una sencilla pero elocuente mariposilla. Los dedos se convertían en alas que despegaban de repente primero de mi mano y luego de la habitación. Ahí fuera, en la noche calurosa, las alas se hicieron grandes y lo que antes era un pequeño animal de primavera se convertía en un ágil ave que volaba y volaba hacia lo alto.

A partir de ese momento el viaje es inevitable, y ves como el valle del Guadalquivir junto a Sierra Morena se quedan pequeñitos, y ves como esa blanca paloma que son los pueblos que nacen como luminarias se quedan pequeños y minúsculos ante la inmensidad. Sigues subiendo y subiendo y tocas toda Andalucía, rozas los cuernos septentrionales de África y Europa empieza a nacer entre nubes y mezcolanzas.

Cuando estoy bien alto de repente me dejo caer en cualquier lugar. Puedo aterrizar perfectamente en una calle de Budapest o de Praga o quizás en Casablanca o navegar por la circuncisión de la Tierra y llegar hasta Chicago o San Francisco o el Mar de la Plata o el Quebec o ir más allá y atravesar de nuevo las montañas de Altai o el Gobi o las vastas mesetas de Transilvania.

Hoy me llamaba un editor que pasaba sus vacaciones en alguna parte de Italia. Podía escuchar el mar mientras me daba consejos útiles para enfrentar la reunión de mañana. “Eres joven y tienes una vida por delante”, me decía. “No vendas, no vendas, no vendas”, repetía incansablemente. Hasta siete veces repitió esa palabra. Mañana, cuando suene el despertador mi mano se volverá a convertir en mariposa y esta en ave. Mi pesado cuerpo se levantará pero mi mente seguirá viajando. Cuando llegue a las costas de Málaga no me importará para nada el éxito o el fracaso. Escucharé atento todas las propuestas y no vacilaré, antes de afirmar un sí o un no, que lo mejor que puede pasar es que sigamos volando. Que todas las mañanas tengamos la oportunidad de escuchar ese sonido que nos recuerda la urgencia del vivir. No importará si digo sí o no a todo cuanto se ponga sobre la mesa. Lo hermoso de toda esta aventura, pase lo que pase, estés en la situación en la que estés, es que en cualquier momento puedes utilizar una mariposa para sentir que hay más vida de la que podemos abarcar, para adueñarnos de ese mundo de sueños y magia que trasgrede las normas de la física.

No sé en que momento vital de tu vida te encuentras. Poco importa si eres feliz o no, si padeces sufrimiento o éxito. Lo que importa es que mañana quizás suene el despertador y puedas lograr el vuelo mágico. Así lo llamaban los antiguos. Así se expresa en la voz silente de aquel que lo practica embelesado. Mañana conduciré de nuevo a pesar de mi pie fracturado. Miraré la vida con calma, respiraré profundamente y recordaré las montañas de Altai. Allí lejos había una cueva de cuarzo blanco donde apareció un rayo de luz violeta, una llama de convicción y poder. Allí, o en cualquier parte donde viajes como un ave veloz, puede ocurrir lo milagroso.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s