Aquello que es justo para nuestra felicidad


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El otro día mientras trabajaba quitando grandes lajas de pizarra de la “ladeira” de la casa cayó una enorme encima de mi pie. Sentí un profundo dolor mientras observaba como todo se paraba de repente. Fuimos a urgencias, me hicieron una radiografía y por suerte solo tenía alguna pequeña fisura en uno de los dedos. Una semana de reposo y supuestamente como nuevo. El dolor fue intenso. La niña Francesca me preguntaba porqué no lloraba. Sostenía el dolor y le respondía que la meditación diaria a veces sirve para algo. Sobre todo para no perder la calma ni los nervios en momentos traumáticos, en tragedias a las que no sabes como responder como ser humano. Respiraba y miraba su inocencia con ese cariño que los adultos muestran en los infantes y dejaba que impusiera sus manos para sanar mi dolido pie.

El intenso golpe quiso parar mi ritmo. En cierta forma sentía que necesitaba unas pequeñas vacaciones y la vida forzó las mismas. No nos damos cuenta que cuando atendemos excesivas cosas perdemos la mirada sobre lo esencial. Creo que eso me estaba pasando. Mirando y atendiendo las diez mil cosas de la casa, las goteras del tejado, las maderas de las vigas, las piedras que hay que recolocar, el pensar cuando podremos tener ducha, agua corriente, electricidad, un lavabo en condiciones, una cocina, camas, suelos, nuevos tejados, ventanas, el atender las visitas, el estar con los amigos que llegan y se van… Son tantas y tantas cosas que a veces perdemos la perspectiva de lo verdadero y necesario y es entonces cuando la vida nos para con un accidente, con una enfermedad, con un acontecimiento traumático, con una depresión, una pérdida.

Cuando perdemos la perspectiva de nosotros mismos la vida nos recuerda que hay mucha más existencia de la que somos capaces de abarcar. Que debemos tener tiempo para nosotros, para nuestras limitaciones, nuestros sueños, nuestros deseos. Que debemos retirarnos de aquellas cosas que ya no producen satisfacción y arriesgar todo por aquello que nos da vida, ilusión, alegría, felicidad. No importan los costes de la perdida o la ganancia, lo que importa es que mientras perdemos o ganamos estamos haciendo aquello que es justo para nuestra felicidad.

Es importante comprender que no hemos venido a este mundo a sufrir, a padecer, a endiablarnos con esa mala suerte que aparentemente para nuestras vidas. Cuando recibí fuertemente el impacto de la piedra comprendí enseguida el mensaje. No me quejé, no lloré, no grité. Sólo acepté el mensaje, el aviso de que debía mostrar más atención a las cosas sencillas, disfrutar aún más de cada instante, de saber parar cuando estoy cansado y disfrutar de la pereza de no hacer nada si eso es lo que pide el cuerpo.

Así que eso haré esta semana de inmovilización. Disfrutar del “no hacer”, de mirar por la ventana el flujo continuo de vida, de ver como se mecen los árboles en su recorrido vital, de escuchar el grito del gallo y ver pasar las nubes hacia ese horizonte infinito. Me encantan estas cosas, como ahora, mientras escribo y la gata Gaia observa atenta el movimiento rápido de mis dedos sobre el teclado. Pone cara de curiosidad, de intriga, sin comprender en absoluto el acto creador de este instante. Pero atendiendo a cada uno de mis dedos con asombro. A veces la vida te pide que pares y que te asombres de las cosas simples, de las cosas ordinarias. A veces las desgracias sólo son avisos para que atendamos las cosas imprescindibles de la vida. A veces, como decía el otro día, es necesario andar despacio. 

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