Olvidamos cuidarnos y ser felices


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La felicidad se puede gestar en cualquier parte. En mitad de un desierto, en un bullicioso barrio de una gran ciudad, en un recóndito bosque como el que ahora nos rodea. No importa tanto el lugar, sino más bien el cómo estés por dentro observando con diligencia todo lo que te rodea. La madurez necesaria para poder afrontar la dicha proviene de un recorrido largo. Tiene mucho que ver con estar haciendo lo que deseas, lo que sientes interiormente. También ayuda que tengas buena salud, que hagamos cosas responsables para conservarla, que llevemos una vida pacífica en todo momento, incluso en la comida. Son pequeñas cosas que van sumando, especialmente a cierta edad, donde de alguna forma estamos viviendo de los réditos de todo aquello que sembramos en nuestro cuerpo y nuestra psique en años pasados.

Cualquiera podría venir por aquí y pensar que esto es el paraíso. Pero luego vas tres hectáreas más abajo y resulta que para algunos paisanos esto es el mismísimo infierno. Cabe preguntarse qué clase de paraíso o infierno hemos construido en nuestras vidas para que un mismo paisaje resulte afortunado para unos e indeseable para otros.

Es complejo vivir una vida saludable. En los últimos años el Estado del Bienestar ha proporcionado una salubridad pública más que sospechosa. Digo sospechosa porque es cierto que ha aumentado el nivel de vida en nuestros países occidentales, pero también es cierto que las condiciones y el precio que hemos pagado por ello no son del todo deseables. Especialmente cuando observamos que ese porcentaje mayor se recluye o se aparca en garajes de desechos humanos llamados geriátricos donde parece que la humanidad acaba ahí mismo.

El modelo de familia está cambiando. Ahora los abuelos ya no son el pilar más importante de nuestras comunidades. Sólo son un estorbo porque consumen nuestra seguridad social y hay que pagar además cientos de medicamentos, residencias donde aparcarlos y no se sabe qué otras cosas. Hemos llegado a un estado reprobable. Lo que aún no sabemos, quizás por ignorancia o puro optimismo es que las estadísticas nos dicen que nosotros tenemos un mayor porcentaje de terminar igual o peor. Al cambiar el modelo de familia, también cambia el modelo de relaciones. Cada día es más normal encontrar a gente de sesenta años que se encuentra totalmente sola tras el fracaso de un cúmulo de relaciones de pareja. Lo asumen con cierta dignidad, ignorando que en poco tiempo se verán recluidos en una triste y terrible realidad. No sabemos aún como dirigiremos en el futuro ese nuevo modelo unipersonal en nuestras vidas y relaciones sociales.

El panorama es complejo y el futuro insospechado. Abusamos de la comida, del tabaco, del alcohol y de las drogas y eso se traduce luego en enfermedades que tras un cúmulo de vida y circunstancias explotan en tumores o cánceres o alzhéimer. Nadie piensa, cuando está ya cansado de la vida, que eso puede llegar en cualquier momento. Nadie piensa que la felicidad tiene mucho que ver con ese estadio final. Y nadie piensa, dicho sea de paso, como conseguir esa felicidad en la vida ordinaria, sencilla, humilde. Nos creemos todopoderosos cuando las cosas van bien, pero obviamos que la vida tiene un curso que se agota, limitado, y que requiere oxigenar constantemente la existencia. Olvidamos cuidarnos y ser felices. Olvidamos que la vida camina veloz.

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2 thoughts on “Olvidamos cuidarnos y ser felices

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