El infinito ciclo de todas las cosas


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El ser humano es bien complejo. Por definición anda perdido, aturdido por la grandeza de la existencia. Se codea diariamente con la muerte pero no le tiene miedo, excepto cuando ya es inevitable. Somos transicioneros finitos, incapaces de apreciar la importancia de la existencia en su máximo esplendor, incapaces de sabernos cercanos al instante presente, único, irrepetible. Deseamos entender qué ocurre pero en algún momento de nuestras vidas, quizás por pura supervivencia, desistimos en el empeño de los interrogantes y las certezas. Nada permanece, nada podemos llevarnos a la otra vida, y aún así nos aferramos a las cosas como si fueran de nuestra propiedad, como si eso que dan por llamar propiedad privada fuera algo cierto y real. ¿Qué mayor ficción que la de creernos que somos dueños de algo? Ni siquiera la propia vida que nos anima y nos da fuerzas y energías para sentir y experimentar y comprender, ni siquiera eso puede sostenerse, medirse, pesarse, poseerse.

No somos capaces de desprendernos de nada. Acumulamos cosas que realmente no necesitamos. Tantas y tantas cosas ficticias que no hacen más que ocupar y llenar nuestros vacíos. Somos que Josué ordenando al sol que se detenga, ignorando las leyes del universo profundo, empeñados en construir un templo como los artesanos Oholiab y Besalel sin ser capaces de entender los fundamentos de la arquitectura primera. La humildad, el inclinarnos ante la creación que todo lo abarca, resulta aún un reto para el ser humano. Ni siquiera somos capaces de pacificar nuestros alimentos, volverlos dóciles y fuera de toda violencia. Y luego pedimos paz en el mundo. ¿Cómo es posible eso?

Fijémonos bien en nuestro día a día. Resulta fácil atender a esas voces que reclaman valores, consciencia, serenidad, armonía. ¿Pero cómo demandar esas cosas al mundo si nosotros mismos no somos capaces de mantener un ápice de atención en todo lo que nos rodea? La belleza exuberante de los montes, la increíble demostración de vida que cada mañana se desparrama al amanecer, el despertar diario de miles y miles de semillas que ante la tierra húmeda explotan en mil pedazos, mueren para resucitar en ellas un nuevo fruto. Ignoramos todas esas cosas y sin embargo ocurren a cada instante, a cada momento bajo nuestros pies. Pero nos creemos tan importantes en nuestros oficios, en nuestras familias, ante nuestros amigos. ¿Qué importancia tendrá para nosotros un amanecer? Tan estúpida y simple es nuestra reflexión, ignorando que ese maravilloso milagro diario permite que todas las mañanas podamos continuar sumidos en nuestra ignorancia, en nuestras creencias cargadas de vacíos.

Ignoramos que nuestras vidas están cargadas de misterio. Obviamos que si fuera por un motivo de azar o destino, cada acontecimiento diario está ahí para hacernos partícipes del mismo, para comprender su enseñanza o su existencia. Excluimos de nuestras vidas la milagrosa promesa del soplo de cada segundo, del susurro radiante de cada suspiro.

Esta mañana alguien se interrogaba sobre la consciencia y cómo alcanzarla. Años y años haciendo meditación, yoga, disciplinas diversas y no alcanzaba a entender la consciencia. Lo invitamos a que se diera un paseo por el bosque. Allí, sobre cada poro de vida, la consciencia palpita libre y natural, capaz de entender que no hay mayor orden posible, que no hay mayor entendimiento alcanzable que el de saber situarse aquí y ahora en plenitud absoluta. Concentrar nuestro alarido diario en ese instante es comprender que la consciencia máxima es la de sentirnos vivos y radiantes, pacíficos y humildes ante la creación. No parando el sol como Josué. Siendo un sol mismo que gira en torno al infinito ciclo de todas las cosas.

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2 thoughts on “El infinito ciclo de todas las cosas

  1. Es habitual oir en alguien ‘soy consciente de que esto es bueno’ pero no se dan cuenta de que hablan desde la dualidad, lo bueno y lo malo, blanco y negro.
    Estudios de psicología dicen que en realidad sólo hacemos conscientes un 5% de nuestros pensamientos-emociones. El resto va directamente al inconsciente, dónde estos sentimientos se van acumulando hasta que se manifiestan en el cuerpo, en forma de dolencia o enfermedad.

    La estructura del inconsciente difiere de la del consciente en que es atemporal, no entiende de razonamientos, ni género ni ideologías…es inocente al 100%, sin juicios …
    por eso urge hacer conscientes todos los NO dichos, los secretos, lo no expresado…solo así sanaremos de la locura humana, solo así hallaremos la PAZ

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