La paz es el fruto del darse


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Pocas veces tenemos la oportunidad de consagrar un templo en la mágica transición del solsticio. Este era el tercero al que tenía oportunidad de acceder en tan especial circunstancia. Todos los lugares son santos, pero santificar uno que va a recibir las oraciones, plegarias y meditaciones de tantas y tantas personas merece una atención especial. Por eso iluminamos la ermita con tres luces. Dispusimos los elementos necesarios para que la ceremonia resultara sin mácula. El ara se adornó debidamente con los símbolos del oficio, el Oriente estaba precedido por el Delta, el cual estaba escoltado por la piedra bruta y la pulida, una en la columna del norte, en el septentrión umbrío, y la otra en el mediodía, en el cálido sur. También estaban el aceite, el trigo y el vino, símbolos de la caridad, la abundancia y la sabiduría. Y la espada flamígera y las flores dentro de la cruz y el libro de la ley sagrada y el mallete que golpeaba a ritmo de batería  y cadencia.

Resulta importante ritualizar la vida, penetrar en el misterio de la misma de forma especial dotándola de ese amago de curiosidad que no es más que una síntesis por descubrir, un nostálgico momento para seducir al cosmos. Necesitamos ser aprendices de la vida, ollar el sendero en respetuoso silencio, en contemplación atenta para que el Misterio nos penetre y nos guíe. Necesitamos ser compañeros del camino para aprender los secretos Arcanos, para una vez sabedores, hacer mejor la obra encomendada. También necesitamos alcanzar la maestría para comprender que ese Misterio que nos penetró y ese Arcano que nos llenó de sabiduría no tienen sentido si no vienen acompañados del servicio, de la perpetuación, del compartir. El aprendiz medita, el compañero aprende y el maestro sirve compartiendo, dando. Esa es la regla que los antiguos sabían, esa es la luz áurea e inextinguible del Espíritu.

Celebrar la vida es celebrar la existencia, su misterio, sus arcanos, su sabiduría penetrante, su compartir, el servicio, la entrega y la transmisión necesaria de todo lo aprendido. Esa transmisión es la fiesta que el universo quiere para nosotros. Es la alegría de saber que hemos venido para dar, para dar, para dar. No importa si un abrazo, si bellos momentos en un maravilloso paseo nocturno, o esa sonrisa indispensable para dotarnos de la dulzura necesaria hacia el otro. Dar es comprender el movimiento de los astros, la luz de las estrellas y la vida que transmiten en el orbe cósmico. Dar, no importa qué talento o virtud, es sabernos guardianes de los valores inmutables y eternos. Un alto ideal, un sueño o el amor que torna ligeras todas las cargas. Esa y no otra es la alta cima del ser, el guiño necesario para realizarnos completamente. Dar y ofrecer ese poco o mucho que somos al resto de la existencia. Encuentra la paz aquél en quien los deseos fluyen como los ríos fluyen al océano, no aquel que desea los deseos, decía el maestro K.H. La paz es el fruto del darse, decía.

Por eso cuando consagramos un lugar, cuando honramos la memoria de aquellos que nos precedieron en el camino, nos estamos dando. Y al hacerlo, encontramos la paz necesaria para seguir adelante, para seguir compartiendo aquello que otros nos dieron alguna vez. Que así sea por siempre. “Mi paz os doy, mi paz os dejo”. Lo dijo aquel que dio y se entregó de forma sublime. Esa es la paz, ese es el camino.

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