La intuitiva percepción de la Unidad


koldo aldai

Esta mañana salía temprano utilizando el servicio de Blablacar. Madrid quedaba atrás, con su nuevo rey, con su contaminación, con sus ruidos, con su gente buena y sus cosas bonitas, que también las tiene y es justo reconocerlo. Llegamos a Sarria y allí me recogió el amigo Koldo para venir juntos a la finca de Samos. El espectáculo de colores y flores fue el primer recibimiento. Nos enfrascamos a mediodía en una intensa charla donde tratamos de todo tipo de polémicas posiciones políticas y espirituales, que son los dos temas que más nos gusta tratar a pesar de nuestros abismos ideológicos de forma, que no de fondo. Nos dieron las siete y nos acordamos a esa hora que era necesario comer algo para poder seguir.

Tras la larga charla y la comida, tras amasar nuestras diferencias emocionales y sembrarlas de intenciones dirigidas al bien común, nos dimos un paseo por los alrededores. Ahí nos dábamos cuenta de esa intuitiva percepción de la Unidad que existe en todas las cosas. Las flores no podían vivir ajenas a la tierra que las sostenía al igual que las abejas que recolectaban el polen de las mismas necesitan de la belleza sin igual para poder seguir con lo creado.

La vida se vuelve intuitiva, nace ha una percepción diferente cuando nos alejamos de los ruidos de la emoción y de la mente, cuando dirigimos la mirada hacia esa misteriosa unidad de todas las cosas. Nace una necesidad de perseverar en todo cuanto hacemos para lograr un acompañamiento a esa unidad, a esa tierra común, a esas florecillas y abejas que trabajan en perfecta comunión para mantener el orden natural. Aquí no existe una necesaria búsqueda de la felicidad tal como el mundo la entiende. Hay un sentido de sacrificio y renunciación. Esto se transforma en la Ciencia de la Vida, el Arte del Vivir de forma diferente, coherente con esa unidad, con ese ciclo inevitable. Sacrificar nuestras torpes emociones y deseos, renunciar a nuestros pensamientos, a nuestros prejuicios y preconceptos para abrazar esa unidad inherente en todo cuanto existe. Eso es toda una ciencia, todo un arte de vivir.

Este arte provoca el que podamos ser exactos en las pequeñas cosas. Que podamos estar centrados en todo cuanto hacemos con dulzura, con humanidad, con sensatez y sentido común. Que podamos cocinar y estar cocinando, que podamos fregar y estar fregando. La vida no exige muchas más cosas. Sólo un poco de atención, solo un poco de desapego, de renuncia y sacrificio ante lo que creemos ser. Vaciarnos, despertar a esa unidad, comprender toda esa diversidad a sabiendas de que lo que ocurre ahí fuera, las flores, la tierra, las abejas, están en perfecta comunión con el infinito, con el cosmos, con el misterio. Estas son las cosas que ocurren cuando volvemos al contacto directo con lo natural, al perfecto contacto con nuestro yo real.

(Foto: Con el amigo Koldo Aldai trabajando en O Couso, Samos).

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