El espíritu de la naturaleza


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Leyendo el inspirador libro de Emerson subo la cabeza y me encuentro ante el paisaje exuberante, ante la arboleda, los bosques, los verdes prados cargados de florecillas silvestres. Los pájaros están felices contemplando el cielo azul y surcándolo en cortos viajes de aquí para allá. Las fincas que circundan nuestro bosquecillo tienen títulos de propiedad, pero nadie puede poseer, por más que se empeñe, el paisaje. Emerson lo decía así. Hay una cualidad en el horizonte del que nadie puede adueñarse. Sólo podría aquel cuya visión puede integrar todas las partes, es decir, el poeta.

Realmente cuando hoy hemos ido a dar un paseo por los prados con la gata Gaia y nos tumbábamos en la hierba uno se sentía, inevitablemente poeta. Y la tendencia es fantasear a sabiendas de que pocos adultos son capaces de ver y observar la naturaleza. Los sentidos interiores y exteriores se multiplican cuando te dejas envilecer por la belleza sublime de un árbol o del aleteo de una mariposilla. Cuando estamos agolpados en nuestras grandes colmenas, rodeados de esos estímulos artificiosos, no hay tiempo para contemplar la existencia del sol o el ciclo de los astros. No tenemos un segundo de instante para comprender que nada cuanto existe permanece, excepto el continuo cambio.

Hoy nos bañábamos desnudos en un deleite salvaje. El agua fría recorría nuestra piel despojada de pudor mientras escuchábamos el mecido de los árboles, mientras el sol iluminaba todos nuestros poros. Tres litros de agua han sido suficientes para que dos personas pudieran bañarse tranquilamente. Algo impensable en ese mundo de opulencia en el que vivimos.

Mientras escribo estas letras bajo el cielo crepuscular observo la necesidad de volver a la sencillez extrema. Por las mañanas nos levantamos, meditamos juntos un rato, compartimos el desayuno, trabajamos cuatro horas en la restauración de la casa, realizamos círculos al entrar y al salir del trabajo para ver como ha ido la jornada y observar nuestro estado de ánimo ante los retos del mismo, comemos algún manjar para reanimar los cuerpos y pasamos la tarde cada uno haciendo lo que realmente quiere. Esta rutina tan sencilla es reparadora, pero también ejerce una importante influencia transformadora.

Decía Emerson que en el bosque uno se desprende de sus años y en cualquier etapa de nuestra vida aquí uno siempre se siente como un niño. En los bosques está la perpetua juventud. En los bosques, nos dice, retornamos a la razón y a la fe. Es cierto. Esto es lo que todos los que por aquí pasan experimentan. Por eso es urgente que rehabilitemos pronto la casa de acogida. Es necesario que un millar de almas vengan cuanto antes para experimentar ese renacer, esa transformación grupal y regresen a sus casas con un nuevo aliento, con una nueva esperanza, con un nuevo propósito cargado de razón y fe. Vivir en los bosques es una utopía alcanzable. Cada día estoy más seguro de ello y cada día sentimos más el deseo de poder compartir este tesoro con el resto.

(Foto: O Couso con la luz mañanera).

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