Prisioneros de la caverna


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No quiero afanarme en escribir cosas afables cuando observo que un edificio se derrumba. Podría cantar coros celestiales y elevar la consciencia a planos de sofisticada naturaleza, pero a veces toca ser más humano y menos angélico y resolver de forma humana catástrofes y sufrimientos irremediables. Hay muchos que se vanaglorian de la ilusión, de palabras elocuentes en nombre de la libertad y de valores elevados, pero luego, en lo pequeño, observas que llevan una vida ruin y mediocre y eso asusta. Vivir un mundo plagado de incoherencias te prepara de alguna forma para ser actores del cinismo más arbitrario. Y la coherencia se ve como un chascarrillo incómodo que hay que atacar de forma opresiva. Si piensas como ellos serás salvado, si declinas la invitación al adoctrinamiento y te liberas de la creencia y el mito te conviertes en indeseable. Así actúa el pensamiento único y totalitario que en nombre de una verdad, una emoción o una ceguera cualquiera impone sus propios criterios sobre el resto.

No debe importarnos si en un país hay tres ladrones o tres millones de ladrones, tres iluminados insensatos o tres millones. Debemos sentirnos con el deber moral, no como nigromantes angélicos sino como humanos, de señalar aquello que pueda perjudicar la dignidad de una casa, de un barrio, de una ciudad, de un país o de un continente entero si hace falta. Por lo tanto, nuestro deber moral es negar aquello que es injusto, es dar la espalda a la sinrazón, a la ignorancia y al patíbulo de ablaciones a las que estamos constantemente sometidos. No debe importarnos de qué bando vengan esas injusticias, esa ceguera, ni debe importar si son pocos o son millones que la persigan.

La ilustración, la época de las luces, pretendió dotar de razón y guía a aquellas sensaciones primarias, a aquellas emociones que en nombre de cualquier bandera intentaban conquistar o imponer posturas injustas nacidas de la oscuridad medieval. Entramos en la modernidad con la esperanza de que la fraternidad, la libertad y la igualdad fueran para todos los seres humanos, para toda la civilización entera, en su conjunto. Alinearnos con la idea de que una bandera, un territorio, un pensamiento o una forma de sentir pueda ser superior a otra es caer en la trampa oscura, medieval y mezquina que alguna vez quisimos abandonar. Pero llega la época actual, la edad contemporánea y deseamos volver a la caverna, a la identidad por encima del ciudadano emancipado, a la bandera, a la patria, a la nación, a la tribu territorial por encima de los valores y la universalidad fraterna.

No podemos ser cómplices de la deriva, de la sinrazón, de la imposición. No debemos creer en las leyes injustas, pero tampoco creer en las injusticias legales ni en aquellos que injustamente se saltan las normas que por su propia naturaleza, dotaron de bondad al ser humano y su convivencia. Hay personas tan inertes, tan faltos de juicio propio y crítica que lucharían y morirían por un juicio o criterio superior, aunque éste fuera totalmente injusto o desmedido. El problema de nuestra sociedad, de este sistema del que nos hemos dotado es precisamente esa falta de juicio crítico ante los acontecimientos históricos, ante los aplastantes hechos que estamos viviendo.

No es saludable estar adaptados a una sociedad profundamente enferma, nos decía decía Jiddu Krishnamurti. Al igual que no es saludable carecer de criterio a la hora de valorar una situación que podría desencadenar en acontecimientos no deseables y al igual que no es saludable ser cómplices de las mismas. El territorio, la cueva platónica de la ilusión, la adaptación dependiente de la diferencia nunca podrá ser en sí mismo un alto ideal. Aquello que diferencie a pueblos y naciones nunca podrá existir en nombre de la libertad. Eso es mancillar ese valor y prostituirlo por causas que nada tienen que ver con la misma. No son los pueblos los que se liberan, son los ciudadanos, los seres humanos los que deben liberarse del yugo de los pueblos, de las cadenas de las patrias y de los barrotes de las naciones. No es la identidad la que nos hace humanos, es el ser que subyace en todas las identidades lo que nos dota de humanidad. Siendo así, no creamos en la libertad de ningún pueblo. Creamos en la libertad de todos los ciudadanos, de todos los seres humanos por igual ante la ley superior de la propia existencia.

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3 thoughts on “Prisioneros de la caverna

  1. Es tan difícil ser capaz de decir que no estas de acuerdo con la mayoría, asumir que por ser critico eres capaz de ver de otra forma es aceptar ser exiliado en tu circulo, pueblo , ect.. aun así yo soy optimista, cada vez hay mas grupitos que son únicos, y sostienen sus ideas por utópicas que parezcan.. claro que también están ahí los neo-nazis y mira… UN SALUDO

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