Carta a un masón


a

Querido H.,

Con respecto a lo que indicas de los asuntos espirituales… Nos estamos dando cuenta interiormente de que ya no queda tiempo vital para seguir aprendiendo en la columna del norte o curioseando de flor en flor como un hábil compañero masón. Existe cierta urgencia, cierta prioridad que atender. El tiempo que en masonería llaman de “compañero”, con ese impulso de viajar para conocer y perfeccionar el oficio se ha terminado. Ahora, aquellos que trabajaron incansables para pulir su piedra y conocer la perfección del oficio deberían empezar a sentir la necesidad simbólica y real de profundizar modestamente en la maestría, es decir, en el servicio a los otros y a la Obra, al Propósito que los Maestros conocen y sirven en silencio y humildad. No como un alegato del ego. Sólo para atender la necesidad que impera.

Este trabajo de servicio debería resumirse en qué tipo de influencia beneficiosa podemos ejercer en el mundo mediante todo lo aprendido. Es bueno seguir puliendo nuestra piedra, pero también es bueno empezar a introducirla en el Edificio, en la Obra, para que resulte útil y sostenga los muros correspondientes. ¿Qué cosa puedo hacer para ejercer una huella positiva en los otros? De no ser así, ¿para qué tanto trabajo? Debemos empezar a pensar desde el lazo místico y la transmisión del Misterio, ¿qué puedo dar de mí mismo a esa Obra? ¿Cómo encajar mi piedra en el edificio para que sea útil y provechosa? No será del todo perfecta, pero no podemos tirarnos toda la vida calculando la plomada y puliendo sus aristas. Debe llegar un día en que todo esté a punto para empezar a obrar por el bien común más allá de nuestras necesidades y postulados personales. Si nos quedamos en lo superfluo del rito y en lo epidérmico de las enseñanzas sin obrarlas en nuestro interior, el trabajo de toda una vida habrá sido inútil.

De ahí que en uno de los grados masónicos se hable del poder transformador de la resurrección. Morir en lo personal para renacer en lo colectivo y grupal. Y de ahí que el maestro que está preparado para ello sea “instalado” en la silla del Rey Salomón. Única y exclusivamente para ejercer de vigilante y guardián del propósito oculto de toda la existencia y obrar en beneficio de todos. El Misterio de la Naturaleza solo puede ser comprendido desde la silenciosa observación de la rosa mística y la construcción del puente que una esa transformación con la patente original del trabajo individual y colectivo. La fraternidad, la igualdad y la libertad no tienen sentido de no ser por la fuerza de su práctica.

En este tiempo hemos dado un paso importante para que esto ocurriera en el Camino iniciático de Santiago. Un esfuerzo de entrega y renuncia en un lugar privilegiado y acto para que otros lo disfruten y vivan en sus carnes el poder transformador de llevar la vida extraordinaria a la vida ordinaria. Para que no haya dudas todo ha sido puesto a nombre de una fundación cuyos principios son, entre otros, la no mercantilización del lugar bajo el lema: “deja lo que puedas y coge lo que necesites” y la no propiedad privada. Así evitamos cualquier tipo de confusión en cuanto a la pureza de su propósito y nos centramos en el trabajo de transformación que el lugar debe ofrecer. Esto tiene sus riesgos porque el lugar requiere mantenimiento y construcción, pero también pone a prueba a muchos que se acercan con intenciones alejadas al propio trabajo interior.

Cada uno debería buscar ese lugar de “crucifixión” personal, tal y como explican los textos iniciáticos, es decir, esa particular Obra donde renunciamos a nuestra personalidad y sus necesidades para ofrecer todo nuestro esfuerzo y trabajo a lo grupal, reorganizando esas necesidades y adaptándolas al esfuerzo común. Y no importa como se haga esto. Solo importa que se haga, con valentía y decisión. Siendo así, sabemos por propia experiencia que todo lo demás vendrá por añadidura. De ahí nuestro afán por llevar a los demás todo lo aprendido, sea mucho o poco, para compartirlo en la hoguera grupal, en la unidad del trabajo común que tan grandes edificios pudieron construir. No hay mayor intención que esa. Quizás incomprensible, pero siempre necesaria para perpetuar la llama flamígera.

Un sentido TAF y seguimos en el Camino…

J.

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