¿Presientes una felicidad?


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Cuando el corazón busca en la noche, cuando el alba comunica la palabra perdida, cuando el septentrión se une al mediodía, la chispa del alma renace en nosotros. La alegría, en progresiva presencia, señala el camino y el propósito. Nos comunica sus toques y contraseñas, nos habla en susurro, en ese suave alarido que hipnotiza lo que llamamos real. La centelleante luciérnaga sacia de luz el rincón más oscuro. La trémula andadura se convierte en recinto perpetuo. Los suspiros nos llegan, el alma se enamora, la vida reluce y nos conduce hacia lo insaciable. Entonces llega el sediento y nos pide agua y lo guiamos con ternura hasta el manantial más cercano. Allí brota el néctar, la ambrosía del conocimiento, la sabiduría, pero también la compasión, el amor perpetuo hacia los otros.

Y en ese acompañar sentimos conmiseración. Anhelamos la oportunidad de saciar aún a más y más gente. Recordamos el canto de Novalis y los himnos a la noche: “¿Qué ser viviente de sentidos dotado no amará, entre tantas manifestaciones prodigiosas del espacio que lo circunda, la luz que todo lo exulta?” Es cierto que las nubes respiran prodigiosas mientras contemplan a esos extraños de mirada pensativa, a esos buscadores que encontraron en el reino de la misericordia palabras de aliento y vida. Y amamos la luz porque en ella reside la verdad de todo.

Presiento una felicidad extraña cada vez que alguien sacia su sed de vida. La avidez se entremezcla en la nostalgia de las moradas, en ese ramo de amapolas crisálidas que envuelven la paz perpetua. La muerte indaga misteriosa y nos recuerda que el Edén no estaba tan lejos, que el paraíso es posible en la inocencia de nuestros modales, en la humildad de nuestros actos. Es poderosa la llama que nos arrastra hacia la sencillez. Sólo debemos contemplar la vida y entregarnos a ella. Sin pedir nada, sin demandar ningún tipo de justicia. El verbo actúa en silencio. La palabra perdida retorna desde el eco y las gargantas de esas infranqueables montañas. Todo vuelve a su cauce cuando el espíritu que nos mora siente la presencia impredecible del aliento que nos anima. Y en la búsqueda preñada nace el humano ante el umbral. Y allí están sus guardianes, necesarios para prevenir, para conservar el tesoro, para camuflar el discernimiento.

Presiento la felicidad cuando esos niños ya grandes se acercan al encuentro de lo tierno, de lo amable, de lo inocente. Lo sagrado abraza a lo consagrado en esa interminable parábola de talentos. Lo sublime se entremezcla con lo humilde. ¿Será posible ser tan feliz sólo pensando en el otro? ¿Será posible sentir este adecuado anhelo? Los infinitos arcanos llegan para abrirnos las puertas del esplendor. La experiencia del amanecer a una nueva vida no es sólo un acto de obligado y necesario cumplimiento. Es la razón por la que la milagrosa vida actúa. Schiller lo llamó el ser ideal interior. Yo me atrevo a llamarlo la presencia feliz.

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2 thoughts on “¿Presientes una felicidad?

  1. No me cansaré de decirte lo bonito que escribes…
    Pero como extrañarme cuando lo que dices sale de tu gran corazón, nobleza pura y luz sin igual
    Abrazo eterno mi querido amigo ❤

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