Insulina Teknoperra en Wesak


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Tras salir del hotel Ritz me fui corriendo al centro. A media mañana me había citado con Insulina Teknoperra, una joven adolescente que estaba pasando por un momento de cambio. Le pedí permiso antes de escribir estas palabras porque no quería que su bonito nombre virtual dañara la imagen que me había hecho de ella. ¡¡¡Claro que sí!!! Me dijo encantada y siempre generosa.

Nos tomamos un café en una terraza y nos dimos un paseo por su barrio que está cerca del mío. La imagen era graciosa. Un ya maduro joven recién llegado de los desayunos con la alta alcurnia madrileña vestido con su elegante traje acompañado de una punki veinte años más joven. La gente nos miraba con extrañeza. La invité al café y me comí yo sólo las cuatro galletas de cortesía. Ella no podía. Para compensar me quiso invitar a un refresco cerca de su casa. Se pidió una Zero. “Aquí solo valen cincuenta céntimos”, me dijo encantada.

Paseábamos y paseábamos y no podíamos parar de hablar mientras todos nos miraban. Lo que la gente no sabía es que tras esa imagen distorsionada de la realidad, ella era realmente una princesa y el punki, el vagabundo, como alguien me llamaba cariñosamente en tiempos pasados, era yo. Mientras caminábamos sin rumbo se paraba a hablar con todos los vagabundos, con el negro de la esquina, con el rumano de su barrio, con el gitano, con los últimos de la calle. Todos la conocían y la saludaban con admiración. “A veces les bajo un bocadillo de casa, son muy buena gente”, decía feliz. Me emocionaba el amor que desprendía hacia todos. Un hombre le pidió dos cigarrillos y ella, con una sonrisa imposible, le dio dos. El hombre, extrañado pero feliz, se fue contento. Una mujer anciana preguntó por una calle. Era una escena increíble ver con qué tacto le indicaba la dirección correcta. “Con los niños y los ancianos me llevo muy bien”, repetía. Su amor y su inteligencia, muy por encima de la media, era una mezcla explosiva difícil de controlar. Su lucidez y destello no podía con el sufrimiento y la sinrazón del mundo. “Todo es injusto, todo es una mierda”. No todo, pensaba yo. Ella es muestra viva de ello.

Al principio los dos estábamos cortados y tímidos. A mí me atraía su desfase total, sus marcas de esa mala vida, su look puncarra y alternativo. A ella mis explicaciones sobre el sistema, sobre como es posible seguir la utopía sin necesidad de vivir narcotizados por drogas, por televisión o por violencia. Mi particular visión alternativa le seducía de alguna forma. Me pidió educadamente permiso para fumarse un peta. “Ya sé que en O Couso no tomais drogas”. Le pedí que no me pidiera permiso para expresarse libremente. Así que hablamos sin tapujos sobre sexo, sobre drogas, de música punk. Incluso me puso algunas canciones que me recordaban a mi vecino del primero cuando intentaba convencerme de que Extremoduro y Barricada era lo mejor del mundo. Para un amante de Mozart resultaba una música excesivamente ruidosa. Pero con ella la escuché con cariño porque con mi vecino también llegué a apreciar ese mundo subversivo.

Cuanto más hablábamos más emoción sentía. Me pidió consejo sobre algunas cosas y sólo me atreví con rotundidad pedirle que no dejara los estudios. Ella quiere emanciparse y ha elegido un centro okupa lleno de drogas y desfase para hacerlo. Le dije que esa era una buena opción si conseguía que todas aquellas personas dejaban de narcotizarse y empezaban la verdadera revolución interior, única vía posible para trasladar la revolución necesaria al mundo exterior, al sistema, a esta falsa que entre todos hemos construido y que ha creado, a su vez, mundos como el de Insulina Teknoperra, un lugar de escape, de evasión, donde personas excesivamente inteligentes y sensibles arruinan su vida por no encontrar un hilo conductor entre la esperanza y la existencia.

Insulina Teknoperra es una princesa que aún no ha descubierto su alma aristócrata, su poder efervescente como espíritu elevado. La luz que brilla por sus ojos, la fuerza que desprende y que ahora marchita su joven cuerpo aún desea elevarse hasta lograr amar como aman los ángeles, mirando al corazón del vagabundo y abrazando a los últimos de la tierra. Así es ella, un ángel atrapado en este mundo diminuto y ridículo que por no comprender se abalanza sobre su vida.

Querida amiga, gracias por el paseo y por enseñarme hoy tantas cosas sobre el ser humano. Quizás, si no te hubiera conocido, hubiera olvidado la grandeza que reside siempre dentro de nosotros a pesar de lo más terrible. Nos vemos pronto, ya sea en la cueva o alzando la voz hacia la cima de la montaña, que no es otra que esa que hoy tú me has mostrado.

Mientras esta noche paseaba junto a la luna de Wesak recordaba cuanto queda por hacer en este mundo. Nos faltarán días para convencer a todas las Insulinas Teknoperras que la urgencia de actuar requiere una saludable respuesta revolucionaria. Y que el primer grito, el primer golpe de efecto siempre empieza en nosotros.

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2 thoughts on “Insulina Teknoperra en Wesak

  1. Felicidad, silencio, paz… la naturaleza del sufrimiento es el origen de la alegría, para morir hay que nacer y para nacer hay que morir, el ser y el no ser es uno, que o quien es la esencia divina, es el no pensamiento, es el pensamiento la ignorancia, es el miedo no conocerse a uno mismo, donde ubicamos el pensamiento, es el tiempo, es la luz tiempo y la oscuridad tiene tiempo, la paz puede ser el no pensamiento, el no pensamiento es el silencio, si el no sentir es la muerte el sentir es la vida, si sientes el ruido el silencio no se siente o el ruido es lo que hace que exista el silencio, sin silencio no hay sonidos entonces el sonido es la música del silencio, la melodía del silencio ¿Qué tiene que ver la soledad y el silencio? ¿es ver sentir el silencio? ¿el silencio es paz? ¿la felicidad es la paz?

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