Los sueños que nacen de la tierra


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No penséis que está agotado el tesoro. La luz brilla con esa intensidad infinita, y cuando termina su ciclo renace en el reflejo de otros que la admiran desde la distancia perenne. Hay sensaciones múltiples que despejan la mente y se entrelaza con el Misterio. Si la vida fluye dentro de uno no importa la circunstancia. La felicidad no es remota, se alcanza en el mismo instante en el que uno renace al flujo vital. Cuando respiras y sientes la oxigenación, cuando vuelves la cabeza alta a su lecho humilde, cuando pueblas de mares los océanos de existencia.

Tras la soledad de siete días llegamos a ser siete luminarias que compartieron en la intensidad del momento lugares para meditar, para trabajar, para compartir, para crear. Los paseos por las mañanas en silencio alrededor del bosque y por los prados se alternaban con la recogida de leña, con la limpieza de los lugares con la plantación de algún ciprés. El crujir del fuego nocturno que calentaba patatas asadas y tostaba panes de la tierra era precedido al canto y la alegría. Las bromas y el correr tras las vacas por la pradera, los aldeanos contándonos historias del lugar y las vicisitudes propias de los sitios donde no hay tiempo más que ese eterno ahora de posibilidades se entremezclaban con las mil tareas por hacer.

Ha sido una convivencia hermosa donde el trabajo se alternaba con la facilidad de obrar improvisación. Todos aprendíamos de todos y todo se hacía más fácil cuando la armonía era tejida desde la sabiduría de la propia tierra. Cuando hacía frío, nos abrigábamos. Cuando teníamos hambre, comíamos. La vida en comunidad es hermosa si sabemos olvidarnos del frío individual y aprendemos a compartir la manta. Si sabemos que sumando tres y tres patatas tenemos una buena cena donde comer todos y si aceptamos que si uno tiene sueño puede dormir cuanto le plazca con tal de que recupere así su ánimo y salud. Nada nos impedía ser flexibles como aquellos abedules que se mecían con nosotros. Nada nos evocaba mayor fortaleza que aquellos robles que dotaban de buena sombra el manto salvaje.

Estar allí compartiendo era como estar en una especie de comunidad terapéutica donde nos formábamos para la vida, donde la mente plena esparcía sus secretos tejiendo el necesario antakarana, produciendo una vida en forma creativa. Cuando el grupo se junta se crea algo nuevo, una especie de sutratma que nos conecta con algo superior a nosotros, con algo capaz de crear.

A veces nos gustaba sentarnos en silencio junto a la entrada de la pequeña ermita o bajo la sombra de algún castaño. Mirábamos la casa en ruinas pero veíamos un palacio, un albergue de peregrinos del alma ya hecho y construido. Realmente estábamos creando con substancia mental aquello que se ha de precipitar en un futuro que ya es presente. Los sueños primero nacen de la tierra, luego se esparcen por el aire hasta alcanzar los cielos. Y allí retornan, se precipitan en la próxima estación en forma de lluvia y deseo. El deseo empuja y sopla y aviva el fuego del alma y de esas brasas nace la realidad que llamamos materia. La mayor garantía de éxito, de que eso ocurrirá tal y como lo hemos sentido es saber que ese palpitar es verdadero y que ese sueño nace de nuestro sendero iluminado y de nuestra negativa a aceptar cualquier derrota o tentación de ser desviados del mismo. Este es nuestro mayor estímulo y esta es nuestra garantía de éxito. Por eso sabemos que esas ruinas algún día cobrarán vida propia y se trasformarán inevitablemente en una fonda para almas libres, en un alcázar para caballeros del templo interior, en una comunidad de acogida en medio del esplendoroso Camino de la vida.

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