Soy un millar de vientos que soplan


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Ayer fue mi último día de retiro solar. Cumplir años y celebrarlos como un salvaje rodeado de bosques y montañas ha sido un buen regalo. Hoy se restaura la normalidad de la vida común. Haremos círculos, oraciones, meditaciones, algún canto, paseos para ver los atardeceres y para explorar castros y tumbas celtas, comeremos juntos y nos replegaremos en las tres caravanas que a modo de lejano Oeste tenemos cerca de la casa. En este encuentro prepararemos las experiencias de verano para que todos los amigos que queráis podáis visitar este hermoso lugar. También buscaremos la fórmula para recabar fondos y así poder, cuanto antes, restaurar la casa del siglo XVI para que la acogida sea lo más cómoda posible. Es una tarea ingente, pero estos días de observación me han demostrado que cualquier tarea es posible si no soslayamos nuestras perspectivas a ningún cronómetro temporal. No sabemos aún de donde llegarán los recursos, además de nuestros bolsillos y las ayudas voluntarias de amigos y conocidos. Pero estamos convencidos de que llegarán, tarde o temprano, ya que sabemos y sentimos que este proyecto merece la pena. No hay agobios ni desazón. Solo esperanza, fe y humildad.

Aunque hoy era el día del trabajador, me lo he tomado como el día de los dones y talentos, pasando la mañana limpiando las caravanas y amasando matojos en el que será uno de esos lugares donde poder hacer compost. El sol ha sido un regalo después de siete días de ausencia. El cielo despejado, un manto de florecillas azules, rojas, blancas, amarillas y violetas en todos los prados, los pájaros y esos grandes lagartos verdes disfrutando del sol… Los estímulos son tantos que cuando pasa una de esas mariposillas amarillas lo veo como algo natural, excepto cuando me detengo en esa visión pasajera y veo lo increíble y extraordinario de la vida.

Me llegaban noticias de la empresa sobre lo flojas que han sido las ventas en las ferias del libro y en este primer cuatrimestre en general. Las leía y no me inmutaba ya que todo es pasajero y cíclico, como las mariposas. Si estos meses no se ha vendido nada y las deudas se van acumulando habrá meses mejores. Es como las mareas emocionales, no siempre podemos estar con una sonrisa. A veces un poco de tristeza y melancolía son necesarias, como lo son las lluvias en los días grises y el oleaje en la mar. Sí es cierto que si alguien quisiera mañana comprar la empresa no le diría que no si con la venta pudiera liquidar aquellas deudas e invertir alguna ganancia en este lugar. Si interiormente siento que se puede vivir como he vivido estos últimos días, ¿para qué dedicar más tiempo al ruidoso discurrir por los balances y la contabilidad, por las facturas y los albaranes, por mantener una agitada agenda para provocar alguna venta aquí o allá? Trabajar cultivando patatas es volver a lo sencillo, es decir, trabajar para producir calor. Todo lo demás forma parte de esa alineación extraña y vorágine en la que vivimos. También me gustaría seguir editando libros y escribiendo, pero como un don, como un talento a desarrollar, sin el agobio y la necesidad de ir contra corriente para pagar unas y otras facturas que no son sino símbolos de aquello que nos mantiene atados a la ilusión del mundo desarrollado.

Si algún día tuviera hijos los educaría aquí en el bosque. Los dejaría contemplar el crecimiento de la flor y luego les preguntaría sobre lo observado. Seguro que su sabiduría superaría con creces a la de los viejos sabios. Les hablaría de Homero mientras paseamos por los prados y de Ovidio mientras buscamos leña. Recitaríamos versos al atardecer y buscaríamos entre los árboles los símbolos ocultos del mundo arquetípico. Ellos serían fuertes y sanos como los robles que nos circundan y de mayores podrían elegir el vivir la vida desde cualquier perspectiva que quisieran. Pero no sin antes interrogarse por el crecimiento de la flor.

Cuando muera quiero sentirme satisfecho habiendo vivido una vida sencilla y humilde, compartiendo las virtudes con el resto de mis congéneres y puliendo entre todos aquellas zonas oscuras que a veces amenazan el ciclo armónico. Me gustaría que la generosidad fuera mi bandera al igual que lo es la de la Naturaleza. Y antes de exhalar, quiero cantar ese hermoso y profundo poema Cherokee que el amigo Ramiro compartió en memoria de su hermano ya fallecido: “No te pares al lado de mi tumba y solloces. No estoy ahí, no duermo. Soy un millar de vientos que soplan y sostienen las alas de los pájaros. Soy el destello del diamante sobre la nieve. Soy el reflejo de la luz sobre el grano maduro, soy la semilla y la lluvia benévola del otoño. Cuando despiertas en la quietud de la mañana, soy la suave brisa repentina que juega con tu pelo. Soy las estrellas que brillan en la noche. No te pares al lado de mi tumba y solloces. No estoy ahí, no he muerto”.

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