Día 4. Alimento, Ropa y Refugio


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Observando la vida en el bosque veo que hay tres elementos que son necesarios para nuestra supervivencia más básica: alimento, ropa y refugio. Ya lo había indicado Thoreau siglos antes, y resumía todo a la necesidad de calor. Leyendo sus palabras y viendo mi propio discurrir diario entiendo que realmente todo se resume a eso, a la producción de calor. El alimento es como el combustible que almacenamos en nuestros cuerpos y que lo dotan de cierta temperatura, a la vez que la ropa y el refugio, la casa, son meros protectores de ese calor. Reduciendo la vida a esa mínima expresión, me pregunto porqué hemos liado tantas cosas para llegar a esa conclusión. Me refiero, por ejemplo, a la necesidad de hacer de la ropa, mero instrumento para proteger nuestros cuerpos, una locura de modas y complementos que, como en la época medieval, pretende distinguir y diferenciar a unos de otros. Lo mismo ocurre con el cobijo, con la casa, cuya función sería preservar al ser humano del frío y la intemperie. Sin embargo, en nuestros días, esta preservación puede costarnos media vida de trabajo para poder alcanzar a pagar hipotecas interminables. Esto nos hace pensar que algo está mal o que algo debería cambiarse, perfeccionarse, mejorarse. Sólo un dato: Thoreau consiguió hacerse una casa en tres meses y por menos de treinta dólares de la época, o lo que es lo mismo, el equivalente a doce meses de alquiler de una habitación de estudiante según sus propias palabras.

No sé cuantos metros debe tener esta caravana. No más de diez metros cuadrados. Y la experiencia de estos días me demuestra que son suficientes, que en verdad el ser humano puede vivir perfectamente en un lugar así. No me siento hacinado. Al salir de este minúsculo pero suficiente espacio tengo todo el bosque, todos los prados que desee para ensanchar mi alma y enarbolar mi espíritu a cuotas suficientes de libertad. Aquí tengo mi cama y mi mesa donde dormir y trabajar, es decir, aquí tengo mi trono y mi reino. Quizás en el futuro el ser humano pueda vivir en pequeñas casas redondas con todas las comodidades que el progreso nos ha legado y sin necesidad de ostentación ninguna. Realmente nos pasamos media vida intentando postergar esa pompa social donde el lujo y el alarde conforman nuestras vidas cuando realmente todo resulta más fácil. Desdeñamos las riquezas espirituales en pro de las materiales. Vendemos nuestra parcela de cielo por un trozo de tierra ostentosa.

Mientras pensaba en estas cosas ayer corría divertido detrás de una joven ternera del vecino que se había perdido por prados y bosques. Se coló en nuestra finca y la encontré tumbada debajo de unos árboles. Le hablé con dulzura mientras le miraba a los ojos y contemplaba su vida pasar. Intenté convencerla de que era mejor volver con el rebaño, pero sentía cierta contradicción en mis palabras a sabiendas de su pronto destino final. Pero había en toda esta cuestión un sentido de libertad al ver que cualquier animal podía vagar libremente de una finca a otra, sin alambres o altos muros que protejan o dividan el campo. Hoy a primera hora trabajaba en una zona del bosque, limpiándola y preparándola para hacer mañana un pequeño ritual de revolución solar. Mientras lo hacía contemplaba las zonas donde deseamos poner las doce casas de la comunidad. Y recordaba de nuevo las palabras de Thoreau sobre la necesidad de calor como último recurso. De calor corporal, pero también de calor humano y espiritual. Tres llamas que habrá que alimentar cuando la gente empiece a llegar.

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