Día 3. Bautismo salvaje


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Una nueva noche de gran tormenta, lluvia y mucho viento. Por suerte no ha hecho nada de frío, quizás porque ingenié un sistema térmico natural que consiste en quitarme los calcetines dentro del saco y taparme con el mismo la cabeza. Con ello se consigue que el calor no escape por la cabeza, sino por los pies, y genere una especie de cámara de aire caliente dentro del saco.

Cuando desperté veía que no paraba de llover así que tras pensarlo un rato me desnudé y salí al prado para ducharme aprovechando la lluvia. La sensación fue salvaje y venía acompañada de cierto grado de entusiasmo y locura. Saltaba y me frotaba fuerte para vencer al frío mientras me acordaba de mi vida en la granja alemana donde todo el día estaba lloviendo o nevando y tras la jornada entre animales y pajares nos íbamos a una sauna al aire libre donde te bañabas en agua helada. Lo de esta mañana ha sido una sensación parecida. Una sauna natural donde poder bañarte desnudo, inocente, atrevido, libre.

Al rato de la gesta se despejó el día y aproveché para ir a por agua al arroyo para hacer la primera colada, dar un pequeño paseo por los alrededores y seguir podando el gran muro de piedra que rodea la casa del siglo XVI. No hago más que mirarla desde la ventana de la caravana, con muchas ganas de empezar a trabajar en ella para que luzca de nuevo su esplendor y se convierta en una casa de acogida que permita que mucha más gente pueda disfrutar de este bosque. La belleza de este lugar no puede ser consumida sólo por unos cuantos privilegiados. Nuestra intención es poder compartir todo esto, crear aquí una antorcha de esperanza donde se reconcilie el espíritu humano con el espíritu de la Naturaleza.

Cuando esta mañana me ponía las botas de agua y jugaba como un niño chico con todos los charcos y arroyuelos que me encontraba entre árboles y sendas, sentía esa necesidad explosiva de poder hacer de este lugar un sitio de encuentro y compartir. La vida en los bosques no es tan dura, sólo debemos adaptarnos a él, dejarnos sumergir por su baile, por los elementos que la dominan y ser uno más entre sus ramas, entre sus alaridos salvajes, entre su belleza primordial. En este silencio, alejado del ruido de la ciudad, de la televisión, de los centros comerciales, de los estímulos pasajeros, de las adormideras del espíritu y de lo superfluo uno se siente más cerca de la creación, más cerca de lo esencial de la existencia.

Hoy he sufrido un bautismo salvaje, una especie de reconciliación natural con la naturaleza. He tocado el barro con mis manos y he sumergido toda mi alma en el agua de lluvia. Me he dado cuenta que para vivir no hacen falta muchas cosas. Quizás un poco de voluntad e imaginación, algo que la humanidad siempre ha tenido a raudales. Tal vez eso haga falta para que el mundo pueda remontar esa reconciliación necesaria con la naturaleza. Acaso los avances tecnológicos ayuden a volver a ser uno con la lluvia y con el canto del pájaro, a volvernos a retorcer de amor y libertad en los prados verdes y los bosques salvajes. Algo dentro de nosotros resuma esa necesidad de volver a lo irracional, de retornar nuestras vidas a los senderos de la magia, del bautismo, de las cuestiones primordiales. De aparecer desnudos ante el bosque y dejar que lluvia lave nuestras almas.

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