Día 2. La danza del bosque.


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Es hermoso observar el balanceo de los árboles que tengo justo en frente. Es como una especie de danza donde las ramas se rozan unas a otras, donde el palpitar de sus hojas crean esa especie de concierto en La mayor. Ese balanceo me recuerda la sutilidad de todo, y la necesidad de ser flexibles ante la vida, de adaptarnos a aquello cuanto nos imponga, sea bueno o sea necesario para esas cuestiones que nunca entenderemos. Flexibilidad significa también rozarnos y apoyarnos en los otros. Quizás de ahí que los árboles deseen nacer en un bosque donde poder protegerse unos a otros y donde poder apoyar sus ramas como si estuvieran danzando juntos cuando el viento sopla excesivamente fuerte. Es como si todo el bosque se moviera balanceándose abrazado en el espesor de la vida.

Esta noche no pasé miedo. La intensa lluvia no me dejaba escuchar los pasos de los animales nocturnos ni los gemidos de las bestias que renacen en la oscuridad. Hacía frío a pesar del aluvión de mantas, sacos y ropa que llevaba encima. Quizás sea porque el rapado de pelo que me he hecho hace que el calor se escape por arriba. Buscaré un gorro para las noches. Eso me hará bien.

A las siete ya estaba despierto. El día amaneció nublado pero sin lluvia. Hice algunos estiramientos y una pequeña meditación. Desayuné leche en polvo con ricas galletas. Luego cogí algunas herramientas e intenté abrir dos caminos por el bosque y el prado. Uno que facilite el acceso al riachuelo para coger agua y el otro hasta el que será mi nuevo retrete, una pequeña explanada cubierta por árboles y grandes matorrales. Aunque esta observación es curiosa. ¿Para qué quiero este tipo de intimidad en un lugar donde no hay nadie? No necesito ni los altos matorrales ni los árboles para que cuiden mi pudor. Aquí sólo habita mi alma y pocos podrán sorprenderme en mi intimidad.

Pocos excepto Marcos, el vecino de la aldea cercana. Esta mañana vino para saludarme porque debió ver movimientos en la finca. Aprovechamos la visita para acercarnos a su casa, subir al gran tractor que posee y remolcar con el mismo la tercera caravana que se había quedado encallada en mitad del camino. La pudimos subir y descubrí que había goteras. Me pasé media tarde intentando taparlas para que no inundara el recinto interior. Seguidamente fui a por agua a la fuente y comí una de esas alubias rojas con arroz enlatadas que me supo a gloria. Realmente tenía mucha hambre, quizás por el frío o por no parar en todo el día.

Me puse de nuevo a trabajar en la empresa y cuando vi que la batería del ordenador se iba agotando irremediablemente intenté buscar alguna solución. Y la encontré en la civilización. A mi pesar tuve que viajar hasta Lugo para comprar una especie de máquina que se enchufa al coche y hace como de transformador para dispositivos móviles. Sin duda todo un invento que me permitirá poder seguir trabajando todos estos días.

La verdad es que la vida en los bosques no tiene desperdicio. Hay tanto trabajo por hacer aquí con nuestras propias manos que uno siente el espectro de la existencia desde otra perspectiva diferente. Me siento feliz. La soledad no me abruma. Los inconvenientes son retos. La danza del bosque anima el alma y la engrandece.

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