La vida, este regalo único e imprevisible


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Hoy era el día del libro. Lo he celebrado por la mañana trabajando en un nuevo libro y por la tarde compartiendo momentos con las personas que entraban en la librería. Por la noche, después de algunos años sin hacerlo, he cogido la máquina y me he cortado la barba y el pelo al cero. Parecía un niño recién nacido. De eso se trataba. Cuando llega el tiempo de mi propia revolución solar suelo desaparecer unos días en algún monasterio o algún monte lejano para preparar esa especie de muerte y resurrección anual. Y como mañana me marcho a ese monte quería hacerlo sosegado y liviano. Mañana empezará mi primer encuentro con “mi vida en los bosques”. Será en un lugar apartado, sin luz y sin agua donde deberé apañarme desde la soledad para sobrevivir a los tiempos modernos.

Mientras pensaba en estas cosas hace un rato escribía esto a una amiga que está atravesando un momento difícil: “Es fuerte lo que me cuentas. Cuando hacíamos de payasos en los hospitales de niños con enfermedades terminales se nos hacía un nudo en la garganta. Muchos de ellos esa sería su última sonrisa. Imagínate la dureza del momento. Cuando alguien me habla de que está pasando por un momento así me miro al espejo y soy consciente de que la enfermedad es una ruleta rusa y que mañana podría ser yo mismo. Por eso, cuando cumplí cuarenta años me dije a mí mismo: “ya estoy muerto, ahora cualquier día es un regalo añadido”. Quizás el Camino de Santiago me ayudó a entender esa gran verdad. Estamos muertos, no hay escapatoria, ahora sólo nos queda vivir con la máxima intensidad cada instante. Respiremos profundamente con delicadeza, ternura, templanza y paciencia. Quizás ese decálogo sirva para todo”.

Hoy es el día del libro y la vida es realmente un libro abierto que a veces se cierra y se apaga. No sabemos de cuantos instantes podremos disfrutar. Quizás de unas horas más, de unos días, de algunas semanas. Los más optimistas piensan que vivirán cien años y eso queda muy lejos aún. Creen que tienen margen para ser mejores personas o para poseer más riquezas. Pero realmente no hay margen para nada. Lo único que podemos hacer bien es instalarnos en cada instante desde ese punto de quietud que nos da la vida. Sabernos con fuerza que estamos vivos y agradecer cada segundo y suspiro de existencia. Agradecer y liberarnos de la pesadez de lo finito. Agradecer y amar este regalo único e imprevisible.

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