La última y mejor esperanza sobre la faz de la Tierra


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La frase es de Abraham Lincoln, uno de los defensores del conocido “Destino manifiesto”, esa especie de misión nacional que pretendía expandir territorialmente las virtudes del pueblo americano. En la Alemania nazi se llamó a ese deseo “lebensraum”, pero más que virtudes era una necesidad biológica de crecimiento y expansión. Una necesidad vital del pueblo alemán para adecuar su espacio vital a sus necesidades de crecimiento.

El “Destino Manifiesto” americano se llevó por delante a millones de indios norteamericanos y el rapto y sometimiento de esclavos negros secuestrados en África para poder sostener la compleja “misión” americana. En Europa, el “lebensraum” se llevó a más de cincuenta millones de seres humanos por delante.

Esta reflexión viene dada por lo que aún sigue ocurriendo en el mundo. En Ucrania, sin ir más lejos, o con los sentimientos nacionalistas o patrióticos de uno u otro lado que no pueden más que acarrear más problemas en la débil organización geopolítica actual.

Cuando el otro día paseaba por las tierras que desde la fundación pudimos comprar, sentía cierto alivio interior al identificar las mismas con un principio poderoso: la no propiedad privada de esos bosques, de esos prados, de esa casa de piedra del siglo XVI. Era una sensación nueva y extraña. El poder transitar por un lugar que no era de nadie, que había sido liberado del yugo del egoísmo visceral del ser humano. Una tierra de uso y disfrute de todos, pero no de apropiación, no de uso mercantilista.

Y de alguna forma sentí también la necesidad de un destino manifiesto, de un lebensraum interior crecedero hacia la expansión de ese ideal para seguir liberando tierras y territorios del yugo carcelero, esclavizante y tirano al que estamos sometidos. Sentí la necesidad de arrebatar de esa tierra banderas, naciones, patrias e instituciones que quisieran abducir su verde esplendor o su tierna coraza de alamedas y bosques. De alguna forma sentí que la última y mejor esperanza sobre la faz de la Tierra era seguir liberando todos los bosques y los ríos y las montañas que fueran posible. Porque de alguna forma, la nueva virtud, el nuevo anhelo de libertad debe pasar inevitablemente por la emancipación de ese alto ideal. Una tierra sin banderas, sin propietarios, sin esclavos del trabajo o la hipoteca o la nación o el estado. Una tierra adulta y libre capaz de ser compartida desde la fraternidad y la asunción de un nuevo mundo. Esa es mi mejor esperanza, y sobre ella versaré el resto de mis días.

(Foto: Tierras libres de O Couso).

 

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