Qué mundo tan maravilloso


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Viajaba en el tren y disfrutaba de los paisajes, del tono azulado, del verde intenso, de toda la gama de magia que se tejía en los cielos más allá de los arco iris que parecían disponer la paleta universal. Llegué a Zaragoza y pude fundirme en los intensos abrazos de Teresa, disfrutar de sus amigos y familia mientras comíamos unos deliciosos espaguetis con queso. Y luego el viaje hasta Jaca y allí el héroe Miguel esperándonos con su mito, con su furgoneta soñada por todos los que alguna vez fuimos hippies y nos imaginábamos viajando por todo el mundo con una de ellas. Y a mí me tocó ese viaje tantas veces soñado. La proeza de revivir el mito después de meses y meses sin rodar. Y el mito despertó y resucitó. Bastaron unas pinzas y una inflada de neumáticos y mucha fe y esperanza para que no pasara nada y la suerte de que no muriera en el Camino desde Jaca a Logroño y de allí a Burgos y toda la senda hasta llegar a Samos. Fue emocionante poder atravesar puertos de montaña, paisajes imposibles, lagos y bosques frondosos, poder dormir en cualquier lugar libre, perfectamente libre junto a los amigos Roberto y Luije que esperaban en mitad de la noche oscura en algún paraje alejado de todo mundo. Su gran volante, su motor ronco, su imagen aventurera que todos miraban desde fuera con cierta curiosidad. Me hubiera gustado acariciar una barba de siete días para darle más autenticidad al momento. Pero no hizo falta.

Allí en los parajes podíamos contemplar las estrellas y contarlas una a una hasta que a las tres de la mañana el sueño cedió a pocos kilómetros de la tierra prometida. Y el mito, la furgoneta, despertó y pudo atravesar el último puerto de montaña por O Cebreiro, medio nevado, medio lúcido por un día extraordinario donde se podían contemplar inmensos valles y lejanas cordilleras. Y llegamos sanos y salvo y la furgoneta, a cincuenta metros del collado donde la íbamos a instalar, ya dentro de la finca, murió en paz y feliz. Misión cumplida, milagrosa misión cumplida. Tuvimos que remolcarla en esos últimos cincuenta metros y le di gracias de corazón por haber aguantado hasta el final.

Y luego la vuelta, dando gracias por el prodigio, dando gracias constantes y silenciosas a Roberto y Luije por su magia (porque sólo los magos hacen posible que ocurran las cosas). Y gracias constantes y repetidas a la familia de Paco y Filomena por su regalo, esa magnifica caravana que viajó por media Europa y que ahora reposa tranquila en los asientos de O Couso, donde deberá refugiarnos quién sabe hasta cuando junto a la furgoneta mitológica. Y gracias de corazón a todos los que de alguna forma habéis hecho posible este momento único y especial que también es vuestro.

En todo el viaje de ida y vuelta contemplaba las maravillas del mundo. Cada minúsculo grillo que correteaba entre las caravanas, cada florecilla que crecía espectacular con sus colores intensos, cada matojo y cada vuelo de ese pájaro madrugador. Y daba gracias por este instante de oportunidad, por este sabor a libertad, por ser partícipe de este fugaz momento, un soplo de vida que rezuma agradecimiento por todas partes.

Realmente vivimos en un mundo maravilloso si somos capaces de contemplarlo desde la inocencia y la sorpresa constante. Si somos capaces de percibir en cada hebra de hierba el milagro de la vida. Todos nosotros somos un milagro maravilloso. Todos nosotros somos un trozo de esperanza, un trozo de hebra, y de arco iris, y de valle, río y montaña.

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