Sobrevivir a la supervivencia


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Resulta inevitable posar la mirada en los acontecimientos del mundo. Ahora que oficialmente se dice que el cambio climático es una certeza, debemos preguntarnos muchas cosas con respecto a lo que somos y hacia donde queremos dirigir nuestra deriva. Según los expertos más optimistas, el cambio climático traerá consigo más pobreza, éxodos y violencia. La fragilidad humana podrá resumirse en su capacidad de reacción –radical e inexorable- hacia aquello que suponga un cambio real en su caminar planetario.

Estos han sido unos años duros en los que la supervivencia de muchas personas y colectivos se ha visto mermada hasta llegar al final de su ciclo vital con el cierre o la desesperación. Sobrevivir a las crisis financieras de occidente parece ser algo importante para aquellos colectivos que desean fortalecer su presencia futura. Si la crisis climática resulta algo global, la crisis financiera parece ser tan sólo un coletazo más del propio naufragio común.

Han existido esfuerzos de todo tipo y sacrificios que se han añadido a todo este cúmulo de incertidumbres. En los estados y empresas, la reducción de la deuda como una constante, la venta de activos aunque esto repercutiera en pérdidas, la reducción de sueldos y dividendos, la reducción de costes de estructura, la reducción o desaparición de socios estratégicos… Y luego las familias, que han tenido que conformarse con perderlo todo y empezar su propio éxodo hacia la pura supervivencia sin mayor perspectiva que la de aceptar la situación y sobrellevarla lo mejor que se pueda.

En nuestra editorial nos hemos reinventado constantemente, especialmente por la triple crisis que hemos vivido: la financiera, la del libro y la de los productos digitales. Hemos asistido al cierre de decenas de distribuidoras y librerías que en nuestro caso han supuesto pérdidas superiores a los cien mil euros no recuperables. La incertidumbre sigue porque aún no sabemos si al sector editorial le ocurrirá lo mismo que al sector musical. Aún así, es admisible pensar que la crisis no es tan sólo editorial, también lo es cultural y espiritual. Y digo espiritual porque a pesar de que cada vez hay más gente que se aproxima a todo tipo de analgésicos de lo espiritual, a veces se tiene la sensación de que se trata de soluciones epidérmicas que distan mucho de un cambio real del individuo y de una aproximación real a las moradas interiores.

En lo material y pragmático podemos poner algunos ejemplos personales. Empezamos reduciendo sueldos. En mi caso, pasé de ganar casi la mitad de lo que ganaría cualquier gerente de cualquier empresa media a ganar la mitad de la mitad. Esto hizo que las oficinas y el gran almacén que teníamos pasara a ser una venta de activo con pérdida y que la nueva oficina estuviera integrada durante al menos unos años en mi propio hogar, o más bien viceversa. También tuvimos que adaptarnos tecnológicamente para soportar los nuevos retos digitales. Cambiamos de web y pudimos por primera vez vender libros digitales. Asumimos casi todos los trabajos que antes externalizábamos al menos hasta recuperar fuelle y lograr así tener más circulante para poder asumir los gastos mínimo de estructura.

A nivel global, la reducción de sueldos, la eliminación de puestos de trabajo y el recorte en derechos y conquistas sociales no ha hecho más que empezar. Todo han sido fórmulas matemáticas para intentar que los números acompañaran a la supervivencia. Pero hay algo que no estaba en las fórmulas que se enseñan en los planes de economía y gestión empresarial: el entusiasmo y la constancia. La tozudez, acompañada de grandes dosis de optimismo han hecho que el barco circulara incluso en las más terribles circunstancias. El reformular a cada paso todas las constantes vitales de la situación para adaptarlas a cada nuevo escenario ha sido fundamental para la supervivencia. El sacrificio, la fe y la esperanza han hecho el resto. La pérdida y el desapego han sido parte de la clave.

No sé si esta fórmula sencilla sirve en el largo plazo o es extrapolable a la situación global. La humanidad, en su conjunto, requiere reformular sus valores y su vida cotidiana. Serán necesarios muchos más sacrificios globales para empuñar el reto de la supervivencia colectiva. Pero también fe y esperanza para que surjan efecto los cambios pactados. No sabemos en nuestra ceguera y circunstancialidad hacia donde vamos ni qué ocurrirá en las próximas décadas. Pero sin duda lo epidérmico se desmoronará irremediablemente para dar paso a un nuevo orden de cosas y de sentires.

Seguimos aún en crisis. Seguimos aún sin ser conscientes de que la verdadera crisis está por llegar. Quizás todo esto no ha sido más que una preparación para lo que viene. ¿Estaremos preparados para el cambio? ¿Y lo estaremos para profundizar aún más en nuestras propias moradas interiores?

 

 

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