¿Dónde estás Arquitecto?


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Esta mañana hemos paseado por el valle montañoso de la Barranca situado a las afueras de Madrid, en las faldas de la Bola del Mundo y La Maliciosa, en la Sierra de Guadarrama. La invitación de un buen amigo un jueves por la mañana tenía su sentido. Entre semana el silencio es casi absoluto, los montes palpitan de forma diferente, la nieve casi sabe mejor, tan blanca y pulida, tan extremadamente sabrosa.

El cuerpo estaba listo. Nos habíamos desconectado de pantallas, de teléfonos, de preocupaciones cotidianas, de prisas, de citas. Éramos dos hombres libres y afortunados por estar ahí, por sabernos vivos en ese interludio. Saltar del coche a la tierra húmeda y palpitante es como entrar de repente en contacto con otro mundo, con otra dimensión. Los pulmones, junto al alma, se ensanchan. La luz del día parece otra, los vórtices de cada árbol, de cada hebra de hierba suponen un conjunto armónico en un concierto prodigioso.

Y luego la senda, el camino. Ascendente, descendente, curvado, recto, lleno de piedras, alguna caída divertida, algún zorro que nos miraba silencioso para no despertar nuestra inercia (lo podíamos oler en nuestro sigilo), los pájaros arrinconados o volando, el mundo subterráneo sujetando nuestros pies y las atalayas arbóreas inclinando sus ramajes para rozarse unas a otras.

Mirábamos atentos y curiosos cada rincón, cada línea, cada proeza natural. Las majestuosas montañas parecían venidas de otro mundo. ¿Quién ha diseñado tanta belleza? ¿Quién ha sido capaz de proyectar tanta vida y espectáculo? Buscábamos y encontrábamos al Artífice en cada minúscula gota de agua, en cada arroyuelo veíamos la mano del Arquitecto. No estaba allí, pero estaba en todas partes. Su obra le delata. Su magnificencia y perfección le descubre. Observábamos asombrados los latidos invisibles del linaje, de las semillas enterradas que florecerán pronto, de las hijuelas y las yemas que se agolpan en cada espacio posible para dar paso a cada estación plena.

Hay una música expectante en todo ese encuentro con la naturaleza. Como la novena sinfonía de Beethoven que escuchábamos en el coche. Hay quietud en ese templo vivo, hay esa sensación de estar caminando fuera de ti, como observador, como amable visitante que viene de otros mundos, de otras galaxias y se encuentra de repente con el Milagro. Y allí, en toda su magnificencia, el Arquitecto de toda la Obra. Mostrando todas las maravillas a los ojos de quién quiera verlas. Mostrando todo el Misterio a los corazones abiertos a la luz del otro lado. Gracias Arquitecto por mostrarte tal y como eres: sigiloso, misterioso, pleno.

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