La necesidad de ser radicales


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Hemos pasado unos bonitos días primaverales cargados de sol y buenas temperaturas por media Galicia. Disfrutamos de A Coruña, de Ourense y de Lugo. Hemos conocido a gente bonita, nos hemos codeado con seres hermosos con ganas de cambiar algo de sí mismos para ser una buena influencia en el mundo. Las intenciones de este tipo siempre son bienvenidas pero siempre saben a poco cuando vemos el estado general de todo cuanto nos rodea.

A veces nos dejamos llevar por la ingenua percepción de que todo está bien, de que si estamos en paz por dentro el mundo rebosa paz y de que si el amor fluye por tus venas el mundo resulta más amoroso. Basta una pequeña meditación matutina, tres sonrisas amables, una buena dieta y alguna buena acción los jueves por la tarde. Un curso de reiki y otro de yoga los martes y los miércoles complementarán nuestra buena voluntad y nuestra mirada amable. Esto está bien.

Pero el amor es débil si no se le dota de fuerza, de voluntad, y torpe si no viene acompañado de esa sabiduría, de esa razón que lo guíe hacia lo mejor. Y vivimos unos tiempos en los que aquellos que empiezan a descubrir la necesidad de ser mejores, de encender esa llama interior, deben reflexionar sobre la necesidad añadida de ser cada día más radicales en sus posturas, en sus afinados acordes hacia el nuevo paradigma. No se trata de convertirnos en salvadores de un mundo que va a la deriva, se trata de convertirnos en remeros de la galera Tierra para guiar su rumbo, para restaurar el equilibrio perdido hace algunas centurias. Sí, meditemos, vayamos a los cursos de turno, pero todo ello sólo como preparación para ir a las trincheras, a las galeras a remar, al sudoroso mundo del trabajo radical.

Ya no vale el camino medio, ya no vale el servir a dos amos, ya no vale entrar en la ambivalencia de levantarnos por la mañana con una intención y a medida que pasa el día contradecir la voluntad de nuestra alma con meros analgésicos cargados de epidermis. No vale hablar de amor al mediodía y cuando llega la noche y nadie nos ve ni nos reclama practicar el dolor sobre aquellos que aún están aprendiendo en la consciencia. Muchos dicen que no debemos aspirar a ser ángeles, que tan sólo somos meros humanos. Pero vemos que esa humanidad a veces ni siquiera es posible alcanzarla. Sí, nos levantamos por la mañana como humanos, pero a medida que avanza el día nuestro comportamiento y conducta se asemeja más a las fieras de la noche.

Solo basta mirar como nos alimentamos y como justificamos en el nombre de la consciencia el que todo está bien. Algunos incluso nos atrevemos a hablar de alimentación consciente cuando ni siquiera somos capaces de percibir el grito del ave o el atroz gemido de un ternero recién sacrificado. Es cierto que hay una necesidad cada vez mayor de nacer a un nuevo paradigma, a una nueva consciencia, a un nuevo devenir mundial para que la dualidad en la que vivimos se transforme algún día en un paso positivo por esta vida. Pero también es cierto que para que eso sea posible hay que navegar concienzudamente en la radicalidad de nuestra conducta y ver lo que ocurre tres calles de la nuestra. No buscando lo intachable, pero sí el radical esfuerzo por ser mejores. Y eso sólo se alcanza remando a toda vela.

(Foto: mujeres trabajando en la obra, India, 2014)

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