Día 3. La gran tarea


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Tras atravesar toda Europa desde Madrid y Munich y media Asia hasta llegar de madrugada a Bombay, pudimos descansar unas horas en el Lotus House de Ahmadabad. Desayunamos algo e hicimos casi cinco horas de trayecto en coche hasta nuestro destino en Mount Abu, en el Rajastán indio, en las montañas sagradas. Pocas cosas han cambiado en estos años excepto esa necesidad casi humana de crecer y crecer y crecer. El aeropuerto ha crecido, la ciudad ha crecido hacia lo ancho y lo alto. Más edificios, más asfalto, más caos. Aquí en la India se aprecia bien la plaga en la que nos hemos convertido. Los bosques y los caminos están sucios, llenos de plásticos y envases de todo tipo. Las calles de las ciudades son un auténtico vertedero más propio de la edad media. Mientras viajábamos por las excitantes carreteras de coches locos me preguntaba qué sentido tiene este tipo de vida basada en la aspiración material sobrellevada con ciertas dosis epidérmicas de espíritu cuando procede. Aún a pesar de todo este caos, la vida parece tan increíble y maravillosa.

No sentía una enorme necesidad de crítica hacia lo otro o lo sustancialmente diferente. Simplemente me preguntaba porqué somos así en nuestra condición humana en general, tan perdidos y tan predispuestos al caos sin sentido. Tras atravesar medio estado llegamos hasta las montañas sagradas de Mount Abu. Aquí había manadas de monos que contemplaban a sus primos los humanos con cierto escepticismo. El lugar de acogida es un gran centro de meditación que tiene ocho mil sedes a nivel mundial con más de un millón de miembros. Una gran urbe para meditadores silenciosos, escondidos entre la maleza de los jardines y los santuarios de oración y meditación. Un lugar plácido y agradable sostenido por la buena voluntad de cientos de seres. Un lugar de descanso y peregrinación para el alma.

El ego que se siente superior tiende a dividir y juzgar. Es difícil mantenerse silencioso y humilde ante los hechos que nos rodean. A veces la pasividad también puede ser motivo de arrogancia. Sea como sea, siento necesidad de observarnos para comprendernos y mejorarnos, sin acritud, sin acidez, solo mirarnos, revisarnos, contemplar nuestros actos y conductas no importa donde hayamos nacido o donde residamos o en qué familia hemos tenido la suerte de madurar. Pienso que hay algo en nuestro desarrollo humano que es maravilloso, y al mismo tiempo, terrible. Quizás ese sea el motivo por el que cuando hoy paseaba por los caminos aledaños al centro de meditación y me cruzaba con animales de toda índole me preguntara sobre las mismas cuestiones: qué podríamos hacer para mejorar esto. Sea lo que sea, en nuestros espacios individuales, en nuestras vidas personales, hagamos el esfuerzo de ser mejores, de hacer bien las cosas, sin miedo a equivocarnos pero con la voluntad de mejora.

No tirad los papeles al suelo, recoged los de vuestros vecinos para que estos se sonrojen la próxima vez. Cuidamos nuestros cuerpos y dañemos en lo más mínimo al reino animal y vegetal. Seamos tolerantes con el otro pero también impasibles ante las injusticias. No abdiquemos de ser ejemplos y luces vivas con deseos de hacer de este mundo bueno, un mundo mejor. Seamos amorosos y dejemos un mundo limpio y bello, transformado a mejor con nuestra leve visita. La India me demuestra todo lo urgente del vivir, toda la tarea que como humanidad tenemos por delante.

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