Medio pan y un libro. Luz para que el alma no muera


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Nos contaba Lorca que Dostoyevsky pedía en la cárcel libros y más libros: “¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!”, gritaba desconsolado. Era un grito que pretendía avivar la luz que emana de la cultura, del saber, del poder de sentirnos hambrientos y la necesidad de saciar nuestra hambre con albor. Lorca sentía la misma necesidad. Prefería medio pan y un libro para que su alma también pudiera alimentarse.

Es difícil comprender esto. ¿Cómo alimentar al alma? ¿Cómo avivarla dentro de nosotros para que se apodere de la vida? Podemos caminar, podemos resurgir, podemos avanzar hasta las más altas cumbres de nuestras vidas, ¿pero qué sentido tiene todo si vamos huérfanos de nosotros mismos? ¿Y qué es el alma? ¿Cómo reconocerla? Sin duda es aquello que nos impulsa a ver la vida de forma diferente, a expresar la vida desde lo más profundo de nosotros, como ese círculo amplio como la luz del día y el resplandor de las estrellas del que nos hablaba el sioux Alce Negro.

¿Podemos vivir entonces sin nuestra alma? Lamentablemente no. El alma requiere alimento, amor, compasión, fervor, paz, sosiego para que nos preñe y nos proteja de la circunstancia. El alma es aquello que nos conmueve y nos mueve más allá de nosotros mismos, más allá de las esferas dolientes de nuestros avatares pasajeros y finitos. Hay seres que tienen sed de alma, hambre de alma. Para ellos, como dijo Goethe en su lecho de muerte, ¡luz, más luz!

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