El Dios Salvaje. Hacia la parte irracional del Ser


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Es complejo instalarnos en el yo transpersonal. Requiere arrebato, quietud, furor y coraje, lucidez y cierto grado de sensibilidad hacia todo aquello que nace de lo irracional. Lo irracional, lo que no entendemos ni somos capaces de valorar es un camino incierto, sin mapas, sin coordenadas, cargado de dudas y miedos, esos temores ancestrales que nos acompañan desde que en el origen de los tiempos nos adentrábamos en espesos bosques esquivando a gigantes y salvajes criaturas.

Esos oscuros bosques, con sus alaridos, con sus sombras fantasmales, con sus caminos convulsos aún existen en la profundidad de nuestra psique. El ser perfecto se diluye ante la visión. Lo personal, nuestro ancestral subconsciente, es tan poderoso que la perfección merece el calificativo de mito. Oramos al Demiurgo para postergar el alma universal, consagramos al misionero humillándonos ante la grandeza de lo sagrado, purificamos el aposento para dotar al ritual de sublime posibilidad, pero aún así, no somos capaces de avanzar ni un solo ápice hacia el secreto de los dioses.

Cuando humillamos nuestro yo personal y penetramos en la transcendencia se posibilita la comunión, ese tímido contacto con el cosmos absoluto y con todo lo que alberga en su seno. Pero esto ocurre rara vez porque el camaleónico absurdo se apodera de nosotros y el ridículo nace como un poderoso sostén a nuestras dudas.

En un sentido superlativo, allá donde la tesis y la antítesis conducen a la unión de ambas, a la síntesis de todo cuanto existe, hay aún un halo de posibilidad. Avanzar y retroceder, bañarnos con la luz del sol o sumergirnos en las sombras de la luna, bostezar un reguero de posibilidades o anidar en la simiente futura. El verso no es baladí cuando se acerca la oquedad de lo posible. En lo irracional, en lo disparatado, hay una aureola de contingencia. Hay un Dios salvaje ahí fuera y aquí dentro que nos espera impaciente. Hay una puerta estrecha que nos conduce hacia el Ser en ese horizonte apacible y lúcido, tierno y amoroso.

Y el Ser, que somos nosotros alejados de nuestros miedos, nos espera para abrazarnos, para poseernos, para dirigir nuestros tímidos pasos por la senda del alma. El Ser, que somos nosotros en nuestro estado perfecto nos susurra todas las noches en el pálpito del corazón para que sigamos el camino interior, la senda estrecha del espíritu libre. La parte irracional nos guía y nos tolera, nos soporta y nos cautiva en su canción de cuna. El Ser amable que somos nos reclama y el bosque se torna tierno y dócil.

(Foto: © Katerina Plotnikova)

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