Gracias Anna, misión cumplida


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A veces merece la pena confiar en el ser humano. Admito que cuando Anna se presentó en nuestras vidas tuvimos un pequeño recelo nacido de la ignorancia y el miedo de que alguien a quién no conocíamos podría alterar nuestra vida común. Situaciones críticas como la de Anna nos hacía interrogar y poner a prueba nuestras teorías.

Ayudar a ciegas a veces tiene sus riesgos, y lo maravilloso de toda esta experiencia ha sido descubrir que somos nosotros los que hemos sido ayudados. No es Anna la que tiene que darnos las gracias a nosotros. Somos nosotros los que hemos aprendido y hemos confirmado que el ser humano es sorprendente.

Hoy, cuando llegábamos de nuestro hermoso viaje por Andalucía Anna nos comunicaba que había encontrado trabajo en Roma y que mañana cogía un vuelo hacia Italia. Sentimos una inmensa alegría por ella acompañada, debemos reconocerlo, de cierta tristeza. Han sido veinte días tan hermosos, tan profundos, tan bonitos y mágicos que sentíamos como si una parte de nosotros se marchara con ella.

Anna llegó asustada, temerosa de no saber dónde estaba y con quién estaba. Sin dinero, sin esperanza, con temor por el futuro y con una terrible angustia vital por sentirse totalmente abandonada a la vida. En estas semanas hemos labrado en ella la confianza al mismo tiempo que ella labraba en nosotros la certeza de creer, la esperanza de que el ser humano merece una oportunidad y de que la vida siempre compensa las buenas acciones. Sólo requiere amor, paciencia, cariño, que es lo único que sabíamos dar a Anna al mismo tiempo que ella lo integraba y lo devolvía cien veces cien. Su extrema generosidad y fe, su confianza y valentía ha sido recompensada milagrosamente.

La hermandad y la fraternidad es posible. Hemos visto como el milagro se obraba en nosotros. Hemos aprendido a creer, a aceptar y respetar las diferencias, incluso en un espacio tan pequeño como el zulito, donde los tres compartíamos en muy poco espacio las más hermosas de las intimidades. Hemos creado, sin querer, una pequeña comunidad posible, un pequeño experimento de que el apoyo mutuo y la cooperación existe. De que la vida merece la pena ser compartida con alegría, ilusión y confianza.

Mañana empieza una nueva vida para Anna y también para nosotros. La echaremos de menos pero en nosotros ha quedado su semilla de amor y amistad. Gracias querida Anna. Gracias por tu enseñanza y cariño. Misión cumplida. Feliz viaje.

(Foto: Anna y Laura trabajando en el zulito).

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