La actitud observante


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Ante un presupuesto de once millones de euros anuales, le preguntaba esta tarde a un amigo por qué le preocupaba tanto una actividad que tan sólo consumía el cinco por ciento del mismo. Realmente era interesante observar la inquietud. Al fin y al cabo, cuando he conocido a personas que por circunstancias de la vida manejaban presupuestos que en algunas ocasiones superaban los cien millones de euros, la angustia que eso puede ocasionar en momentos difíciles es exactamente la misma que sientes cuando manejas un sueldo de mil euros y no llegas a final de mes. La dimensión de la cantidad no importa, sólo la actitud que ante esa dimensión eres capaz de desarrollar. ¿Qué actitud poseemos ante cada reto vital?

Algo parecido ocurría en la cena que hemos tenido con autores conocidos, editores y amigos diversos. Inevitablemente ha salido el tema del libro sobre la asexualidad, y la pasión que había en la charla sobre la asexualidad era comparable a cuando se habla de sexo puro y duro. Realmente había cambiado la dimensión, pero no la actitud ante la misma.

Hoy volvía de un residencial de lujo a las afueras de Madrid. Había llevado hasta su casa a una amiga que está atravesando un momento difícil de desamor. De nuevo la actitud a la hora de entender el significado profundo de lo que es amor y de lo que no es. ¿Acaso el amor produce sufrimiento y dolor? ¿No debería ser algo bonito y agradable, incluso en la ruptura? ¿Qué ocurre cuando nos separamos de un ser al que hemos querido? ¿De dónde nace ese desgarro intestinal ante la pérdida? Porque realmente existe ese dolor físico, ¿pero acaso nace del amor?

Cuando uno toma las riendas de su vida se cree poseedor de la misma. He triunfado, he ganado, soy fuerte y victorioso. Pensamos inútilmente. Es la vida la que nos gana a cada instante, no nosotros a la misma. ¿Cómo comprender algo tan profundo? Somos nosotros los que nos debemos a la vida y no ella a nosotros. Nuestra aparatosa misión en la existencia no va más allá de ser meros vehículos, instrumentos o títeres de una fuerza mayor a nosotros mismos.

En una consciencia limpia no puede existir la arrogancia de creer en dioses, en maestros iluminados, en devas, en ángeles que nos frecuentan y nos susurran. Una consciencia limpia entiende que esos dioses y esos maestros sólo son proyecciones de algo sombrío, de algo que nos limita y nos separa. La actitud observante nos enseña que nada puede dividirnos ni separarnos ante la idea de un “dios” o un “maestro” o un “deva”. En la unidad clamorosa de la vida, somos profundamente hijos de ese elemento aglutinador que no se identifica con nada ni con nadie, y que sin embargo, habita en todo cuanto existe. ¿Cuándo comprenderemos que esos dioses, esos maestros y esos devas habitan en nosotros?

No sólo no somos habitaciones estanco, debemos entender que es el infinito el que habita en nosotros. Y en ese infinito no existe la inquietud, ni la pasión, ni el desamor, al mismo tiempo que todo eso que nos preocupa y nos adolece en la no-realidad, procura que la vida continúe.

Hoy le decía a un amigo que cuando escribo lo hago de forma ecléctica, sin pretender encasillar las letras en ningún nicho especial o hablar recurrentemente sobre algo concreto que pudiera crear algún tipo de adeptos o adicción. Puedo hablar de sexo o política o espiritualidad de la misma forma que lo hago cuando observo el imposible vuelo de un colibrí. Si observamos con atención, el infinito fluye en cada leve aleteo. Nunca se estanca, siempre hay un progreso ilimitado. ¿Por qué entonces limitar al infinito?

(Foto: © James Amess)

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3 thoughts on “La actitud observante

  1. Javier hay veces que me asombras.
    Lo que dices aquí

    “En una consciencia limpia no puede existir la arrogancia de creer en dioses, en maestros iluminados, en devas, en ángeles que nos frecuentan y nos susurran. Una consciencia limpia entiende que esos dioses y esos maestros sólo son proyecciones de algo sombrío, de algo que nos limita y nos separa. La actitud observante nos enseña que nada puede dividirnos ni separarnos ante la idea de un “dios” o un “maestro” o un “deva”.

    Estas diciendo con claridad que en gran parte de la espiritualidad de la gente que nos rodea, esta atrapada en vivencias de alma, donde dan identidad y valor, a maestros, devas, ángeles, energías etc.

    ¿Cuándo comprenderemos que esos dioses, esos maestros y esos devas habitan en nosotros?

    Real, son y serán contenidos anímicos, en nuestro interior.

    Y después das la solución.

    “No sólo no somos habitaciones estanco, debemos entender que es el infinito el que habita en nosotros. Y en ese infinito no existe la inquietud, ni la pasión, ni el desamor, al mismo tiempo que todo eso que nos preocupa y nos adolece en la no-realidad, procura que la vida continúe.”

    “Si observamos con atención, el infinito fluye en cada leve aleteo. Nunca se estanca, siempre hay un progreso ilimitado. ¿Por qué entonces limitar al infinito?”

    Hace 2000 años una persona hablaba, del Padre, de su conexión, y ser uno con este, trabajaba y actuaba, como trabaja su Padre. Este ser no se fijaba en dualidades, valores del alma, que las crean, el abarcaba todo, era amigo de todos, era y actuaba como era su Padre divino. Su alma era totalmente pura, era un cristal límpido, que solo dejaba pasar la luz, la vida, la fuerza creativa etc. del Padre.

    Yo sigo esta forma de ser y actuar, simplifico mi vivir, desde esta entrega a este Dios, único, indivisible, que es coherente, cohesivo, e inclusivo de todas las instancias de vida que se nos presentan.

    Esta entrega es no dar protagonismo al pequeño yo, ni a la raíz de este yo que esta en el alma, para dejar que este Dios infinito, se vaya filtrando, y llegando cada vez mas al interior, dentro y profundo, de la creación de uno mismo.

    En fin asombrosa tu intuición, y adelantamiento de lo que puede ser la revolución de los estados de Ser en un futuro ya no muy lejano.

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    • Gracias Javier por la reflexión. Algún día nos daremos cuenta de lo grandioso que nos habita. La pureza de reencontrarnos con esa esencia forma parte del camino a recorrer. un abrazo sentido… J.

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