Hacia la economía sumergida. La insumisión fiscal como medida de presión


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Al llegar a casa tras un viaje a Cataluña, una región que pronto se presentará como insumisa al estado de derecho, me encontraba un mail de una estimada colaboradora de la editorial preguntándome qué debía hacer para declararse insumisa fiscal. Cuando me hice insumiso al servicio militar y estuve cuatro años en caza y captura lo hice con consciencia, a consciencia, por consciencia. Cuando hace unos años me declaré insumiso fiscal fue también desde una posición ideológica consciente. No se trataba de ahorrarme un dinero en momentos de crisis, se trataba, como diría Thoreau, de no participar en un sistema injusto.

Es cierto que intento ser escrupuloso con las cuentas de la editorial para no deber nada a nadie, ni siquiera al Estado. En estos siete años ni siquiera me he puesto un sueldo en la empresa viendo la debilidad de las cuentas y lo insoportable que sería para la misma el acarrear con un sueldo de directivo o gerente. La supervivencia de la empresa ha sido posible siempre gracias a la astucia de no computar gastos innecesarios y a la fortuna de no tener deudas con bancos. Una empresa con economía austera y una vida personal temperada y sin excesos ha permitido el milagro de la supervivencia. La empresa, en los dos últimos años, ha experimentado un ligero repunte de mejora gracias a grandes sacrificios y consideraciones.

Pero en toda esta experiencia emprendedora y empresarial me he dado cuenta de lo desamparado que está aquel que intenta crear algún tipo de riqueza en este país. Un país donde el salario mínimo es algo menos que la mitad del salario mínimo de su país vecino. Y ahora con la subida de la cuota de autónomos resulta que dicha nueva cuota es la mitad del salario mínimo.

Cuando un autónomo entrega prácticamente su vida a la valiente tarea de llevar a cabo lo imposible, resulta que se enfrenta con todas sus consecuencias. No puedes enfermar, no puedes faltar al trabajo porque si lo haces no cobras, no puedes prácticamente hacer nada de lo que un asalariado normal podría hacer en justo derecho. Lo arriesgas todo, lo pierdes todo y nada ni nadie te ampara.

Hoy decía en el coche a las personas que me acompañaban que estamos en un tiempo en el que no valen las medias tintas, ni esos dobles juegos con el sistema donde nos dejamos seducir a la primera de cambio. Debemos ser cada día más radicales en nuestras posturas cotidianas. Y creo desde la más profunda de las consciencias que la insumisión fiscal es una radical forma de manifestarnos ante un sistema radicalmente injusto. Y no siendo esto suficiente, creo necesario seguir profundizando cada día más en esa radicalidad y dejar de colaborar tajantemente en este absurdo irracional. Sólo deconstruyendo lo antiguo y centrando nuestros esfuerzos en algo nuevo podremos de alguna forma empezar de nuevo. Este afán recaudatorio para pagar ese insoportable treinta por ciento de deuda en los presupuestos no es sólo injusto, también es irracional. Y además, un expolio de los de verdad, no como ese del que hablan algunos nacional-territorialistas.

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