La milagrosa vida en una tarde de Navidad


NGC 3372

La Tierra se desplaza a más de cien mil kilómetros hora. Es un movimiento leve que nuestros sentidos no perciben. Sólo si afinamos sutilmente nuestra percepción podemos escuchar ese viaje cósmico, esa traslación por el universo, ese sonido que resuena de forma maravillosa en su nota clave. En su viaje estamos nosotros, y los bosques, y las cascadas y los animalillos que sobreviven en el desierto y en los mares. Su rotación diaria acoge a mariposas y tulipanes. En su traslación alrededor del Sol, en la precesión de los equinoccios, ese cambio lento y gradual en la orientación del eje de rotación, nace un movimiento imperceptible que puede durar hasta veinticinco mil años donde ocurre la historia y las historias, las grandes y las pequeñas. Somos viajeros galácticos que caminan en la nave Tierra casi sin percibir dicho desplazamiento, grabando en el éter, en la memoria imperceptible, todo cuanto ocurre.

Viajamos de igual forma con el astro Sol, del cual nace otro movimiento imperceptible llamado cadena trófica. Es el movimiento de la corriente de existencia que se traslada de una especie a otra para que los nutrientes y la vida circulen de unos a otros. La fotosíntesis es el mayor de los milagros que permiten esta continuidad en el tiempo y el espacio. Si pudiéramos acelerar ese movimiento escucharíamos su música, el traspaso de vida de unos a otros para que el milagro continúe. Toda la comunidad biológica transfiere nutrientes los unos a los otros. Todos bailan ese ritmo continuo de vida infinita, ese latir compartido. En esta cadena de vida, cada eslabón obtiene la energía necesaria, todo a través del proceso de fotosíntesis mediante el cual se transforma la energía lumínica en energía química gracias al sol, al agua y las sales minerales. De este modo, la energía fluye a través de toda la cadena de forma lineal y ascendente, desde el trozo de hierba de un prado irlandés hasta el águila que vuela en una campiña cualquiera. Hay una pirámide de energía que se dilata y contrae, que se derrama por toda la faz de la tierra produciendo un nuevo sonido, una nueva nota, un nuevo egregor.

El movimiento es hacia dentro y hacia fuera. Todo gira y todo se mueve y todo muta y todo cambia y todo se transforma. Todo el Sistema Solar bulle en agitación continua dentro de la burbuja local del Brazo de Orión, de la galaxia espiral que llamamos Vía Láctea, compartiendo el viaje con más de doscientas mil millones de estrellas. Dentro del Grupo Local nos acompañan Andrómeda  y unas treinta galaxias más. Nuestro Grupo Local está contenido dentro del supercúmulo de Virgo, cuyo centro gravitatorio es el denominado Gran Atractor, hacia el cual nos dirigimos. Si seguimos viajando más y más llegamos desde el supercúmulo de Virgo junto con el supercúmulo Hidra-Centauro a una de las cinco partes que integran el Complejo de supercúmulos Piscis-Cetus. Si vamos más allá están los filamentos galácticos, las grandes murallas y el infinito entero.

El viaje es imposible para nuestros limitados sentidos. Seguimos sólo un leve hilo de lo que ocurre gracias a nuestra tímida percepción extrasensorial. Ella nos lleva a recordar que hace dos mil años nació un niño peculiar que vendría a revolucionar el sentido humano de la existencia. Un niño que nos habló de un cielo más allá de nuestro cielo y de una tierra nueva, de un Dios misericordioso que a pesar de todo el cúmulo de estrellas que tiene que atender constantemente, aún, en su infinita generosidad, tiene un plan para la humanidad, un estrecho vínculo de fe y esperanza para que todo ese gran orbe cósmico tenga sentido.

Cuando cierro los ojos y sueño con ese niño y miro a las estrellas surge una leve sonrisa interior. Miro a mi alrededor, respiro profundamente, observo el flujo de vida constante, el latir de todos los seres sintientes, el viaje cósmico por la galaxia infinita, el poso de polvo que cae leve por la corcha que me arropa, el átomo simiente que me anima, las células que corren en su despertar diario. Veo la vida y recuerdo al niño. Veo las estrellas y su aletear silente. Y me embriaga la sensación de fortuna. Me embelesa y hechiza, me embarga y extasía tan poderoso éxodo hacia el sempiterno bramido de Dios.

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