Cuento de Navidad


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Al mediodía pasamos un bonito rato con la familia espiritual. Mientras comíamos un delicioso plato de comida vegetariana vimos a los Espíritus Guardianes de la Era de Piscis, a Ramasa, el Querubín y Vacabiel, el Serafín. En los postres hablábamos sobre los Espíritus Guardianes de la Era de Acuario, Arquer, su Querubín y Sakmaquil, el Serafín, que venían a relevar el trabajo de los anteriores con un nuevo sentir: la era de la sabiduría y el conocimiento, la era del saber. Estos cuatro grandes espíritus del Dios Trino estaban juntos en la cúspide, y en la presencia de los tres sagrados -el Dios del Poder, el Dios de la Sabiduría y el Dios del Amor-, el centro del Dominio del Poder, de la Sabiduría y del Amor, fue presenciado y transferido.

Nos sentíamos gozosos por compartir un trozo de cielo, por sentirnos dichosos ante la mesa, ante el compartir, al sentir que el trabajo Uno es posible desde la fraternidad y el amor en acción. En los momentos de silencio comprendíamos la necesidad de aceptar el momento en el que estamos sin entrar en la crítica fácil y el juicio rápido. Sólo concentrando las fuerzas, el saber y el amor en construir el nuevo y necesario mundo, en ayudar a los Espíritus Guardianes Arquer y Sakmaquil en el nuevo proceso de renovación cultural y espiritual.

Por la noche encendimos la tenue vela para simbolizar el nacimiento de la luz en el mundo. Una vela violeta, el color que representa el séptimo rayo de magia ceremonial. Leímos algunos parajes del libro sagrado de la tradición, especialmente aquel que habla sobre el nacimiento del Niño en la cueva del corazón. Recordamos aquellos tiempos donde la esperanza nacía para liberar al humano del yugo de las tinieblas y la ignorancia, donde la maldad sellaba su clausura bajo los auspicios de la nueva luz.

La cena de este año, tradicional desde mucho tiempo con sus ricos plátanos, venía hoy acompañada de algo de turrón de chocolate, símbolo de la riqueza en la que nos hayamos interiormente. La reivindicación tradicional sobre la necesidad de tener presentes a esos niños que hoy no probarán ni un trozo de comida sigue siendo necesaria. Pero queríamos endulzarla con algo de sabor dulce con la esperanza de que este nuevo año seremos capaces de tener en nuestra consciencia y nuestro corazón los problemas humanos y la fuerza suficiente para contribuir a su buena resolución desde las correctas relaciones humanas, la buena voluntad y el amor en acción. Y el cuenco vacío, como símbolo de prosperidad espiritual, porque solo si estamos vacíos por dentro podrá llenarse de todo aquello que ha de venir. Si estamos demasiado llenos de ideas y emociones pasadas nada nuevo podrá entrar. Así que vaciémonos un año más y demos paso a la buena nueva.

El Niño ha nacido en la cueva. Damos gracias al Misterio por servirnos la oportunidad de ser partícipes de esta fiesta. Feliz Natividad en vuestros corazones y feliz vida a todos. Noche de Paz y Amor a los hombres y mujeres de buena voluntad.

Sed felices.

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