La Luz Solsticial


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Hubo un tiempo en que yo rechazaba a mi prójimo si su religión no era como la mía. Pero ahora mi corazón se ha convertido en receptáculo de todas las formas religiosas: es pradera de gacelas y claustro de monjes cristianos, templo de ídolos y Kaaba de peregrinos, Tablas de la Ley y Pliegos del Corán. Porque profeso la religión del Amor y voy a dondequiera que vaya su cabalgadura. Porque el Amor es mi credo y mi fe“. (Ibn ‘Arabi, místico sufí)

La fundación del mundo se gestó ante el inmenso misterio de la luz. Hay una forma de mantener viva la llama que las tinieblas no puede comprender ni vencer para recordar y construir nuestra realidad profunda. Los filósofos de la unidad trabajan en silencio protegiendo que la llama no avoque a su apagado. El Reparador Universal se encarnó para demostrar que la llama aún seguía viva, para dotarnos de esa herramienta que podría equilibrar las fuerzas y protegernos de la oscuridad más absoluta. Es cierto que la luz de la llama, al igual que la verdad, es una para todos, pero produce sombras y son esas sombras las que confunden al ser humano, las que los dividen en verdades parciales para aquellos que fijan su mirada en lo superfluo y no en la intensidad de lo insondable. Cuando vencemos la visión de las sombras y comprendemos que la unicidad de todo está en lo profundo del entendimiento, se abre ante el ser el vasto campo de la experiencia que abraza todos los caminos. Es ahí cuando todas las sendas nos son familiares, como expresa el bello salmo 138.

La Luz que ahora festejamos en el solsticio, la cual se desprende de todos los cultos primitivos y que llega a nuestros días resguardado bajo el tupido velo de la tradición, no es más que el faro de aquel que nos portó la dulce miel del amor, la belleza inabarcable de todas las maravillas y la benéfica esencia de todo cuanto es.

La luz nace en nuestro templo interior, remoto al despistado incapaz de fortalecer su mirada perdida en lo externo, anclado y mancillado en los velos de la materia. Allí dentro se fortalece con tres columnas llamadas cuerpo, alma y espíritu. Allí está trazado el plano del edificio. Es allí donde hay que levantar las paredes y terminar la obra. Es allí donde se encuentra nuestro propósito como constructores, donde se protege la llama resplandeciente, donde la luz del sol eterno, fuente de toda verdad y vida, nace en cada solsticio de nuestra vida para recordarnos la guía y el camino. Y lo hace también sobre los débiles e ignorantes, sobre los necios y vanidosos, sobre el orgullo y el mal de igual forma, porque sus rayos no pueden ser negados a la evidencia y porque sus influencias benéficas nacieron para todos por igual. ¿Quién no se atreverá alguna vez a admirar su resplandor? ¿Quién no caerá alguna vez en la sospecha de su insondable presencia? Tiemblen los templos de Herodes pues el templo que nace de la llama del espíritu está floreciendo.

Es nuestra actitud, nuestro carácter y nuestra conducta lo que determina que los rayos de luz incidan en nosotros de una forma u otra, al igual que un mismo rayo puede quedar apagado ante un trozo de carbón o luminoso y ampliado ante un diamante, así afecta la sabiduría de su luz en nosotros. Si somos opacos la luz no entrará. Si somos cristalinos y transparentes florecerá desde dentro y desde fuera.

La sabiduría que nace de la experiencia y el conocimiento oculto de todas las cosas comprende que la luz se expone progresivamente, nace en el corazón, el cual debe prepararse pacientemente para abrir la mente, la cual a su vez debe ser iluminada por la inteligencia y de esta forma, recíprocamente, fecundar de vuelta al corazón ardiente. Cuando la inteligencia, la mente y el corazón están alineados, la vida se revela ante la unidad de todas las cosas.

Es solsticio, es tiempo de nacer en la cueva del corazón como una llama resplandeciente. Gocemos de su calor y belleza. Seamos constructores de su templo, que es templo solemne del Amor, nuestro credo y nuestra fe.

Foto: (© joanne_flj )

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