La dictadura encubierta


poder politico

Hoy hablaba con unos buenos amigos sobre la cuestión de tener o no una monarquía a raíz de una desagradable noticia en la que el rey de España había construido un pabellón de caza con un coste de dos millones de euros . Les decía que es una cuestión de dignidad e inteligencia el no apoyar este tipo de instituciones medievales. La monarquía es un insulto a los tiempos que corren y es un anacronismo visceral de un pasado aún no superado. La elegancia de los cuentos de príncipes y princesas nada tiene que ver con la realidad de hoy día. No más cuentos, como decía León Felipe.

La visión de una monarquía amable y renovada parece positiva y deseable para uno de los amigos, pero argumentaba que en cuanto Felipe alcanzase la herencia se convertiría en una réplica de la insaciable condición humana. No es bueno ni deseable que cierto poder resida en las manos de unos pocos. El poder, ya sea económico o político, debería administrarse con sabiduría y generosidad no por unos pocos (siempre los mismos), si no por muchos. Creo que eso fue lo que intentamos decir en 1789.

Lo ideal es que esa insaciabilidad tenga fecha de caducidad, como en otros países, y sea por votación. La democracia aún es joven e inmadura, pero llegará el momento en que evolucione inevitablemente, de ahí la importancia de la presión social en estos momentos. Es una oportunidad para progresar, es quizás el mayor reto de nuestro tiempo para mejorar de forma inteligente nuestro bienestar.

La monarquía no deja de ser una dictadura encubierta, y en este caso, una dictadura heredada de otra que postergó una oligarquía nacida de un estado totalitario. Por desgracia, esas formas oligárquicas se han instalado en nuestra forma de gobierno y en nuestra economía, instaurando en nuestros políticos una perdurabilidad a prueba de bombas, alimentados una y otra vez por mandatos infinitos o trasladados del poder político al financiero para pagar o cobrar favores a unos y otros. Además del poder monárquico, otro ejemplo claro lo vemos en Andalucía, donde como si de un califato hereditario se tratara, se ha ido cediendo / heredando el poder de unos amigos a otros. Las redes de favores es tan extensa que resulta casi imposible salir de ese círculo vicioso. El caso de la manipulación política catalana y de cómo esa manipulación influye y afecta al pensamiento y sentir de la sociedad civil habría que tratarlo aparte. La realidad es que vivimos en una oligarquía política y económica encubierta y en una dictadura compleja y sofisticada de la que aún no somos del todo conscientes como colectividad.

La sociedad civil tiene la obligación de terminar con este abuso, de limitar los mandatos, sean del tipo que sea (jefatura de estado, presidencia del gobierno, ministros, diputados, alcaldes, concejales, etc…) a un máximo de dos mandatos. Esto provocará inevitablemente un cambio generacional y por lo tanto, unas energías renovadas en lo público. La higiene política es hoy más que nunca necesaria. La de unos y la de otros. Nuestra responsabilidad es máxima en los próximos años. No importa del color político que seamos. Da lo mismo si somos de izquierdas o derechas, otra clasificación de la caduca era industrial. Debemos cambiar inevitablemente el voto o influir en nuestros tradicionales partidos (si no deseamos cambiar el voto) para que todas estas cuestionen se planteen seriamente. De eso dependerá el progreso de un país anquilosado aún en medievales conductas y estamentos.

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