Cuando el individuo siente, la comunidad tambalea


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Esta es una frase sacada del libro de Huxley , “Un mundo feliz”. No le falta razón. La sociedad ha construido un sistema cargado de paliativos para olvidar quienes somos. Vivimos totalmente narcotizados en un sistema donde el trabajo burocrático anula al individuo que, sin más recursos, provoca un aislamiento voluntario que pretende paliar con la búsqueda de diversión, de consumo de unas cosas por otras y de atomización mediante la búsqueda de placer fácil e inmediato.

Erich Fromm ya nos decía que el hombre moderno está enajenado de sí mismo. Rabia de soledad que disimula a golpe de profundos sentimientos de soledad, de angustia y de esa culpa que nos mantiene siempre a raya de nosotros mismos. Pero la sufrimos en silencio, en aislado silencio por temor al qué dirán o lo peor de todo, por miedo a la sospecha, al estigma.

Nos han capado desde muy pequeños la capacidad de soñar, de pensar diferente, de sentir diferente. Si hacemos algo que pueda dañar la imagen de lo correctamente asumible, pronto somos desahuciados, despreciados y señalados. La muerte del individuo que siente por sí mismo, que es capaz de emanciparse de esas costumbres a veces excesivamente absurdas o de esas normalizadas formas de tratarnos los unos a los otros y los otros con el resto del universo sintiente, es inevitable. La droga que nos anula se infiltra en hábitos adquiridos desde muy pequeños sin que, por su normalidad, nos parezca extraño su consumo. La permisividad pública daña al individuo que aspira a cierto grado de libertad, hipnotizando su libre albedrío en pro de la hegemonía cotidiana.

El mundo entero se convierte en un gran objeto de nuestro apetito. No somos capaces de contemplar el mundo y su belleza sin mercantilizar ese sentimiento, o intentar comprar algo que por pueril, remarca nuestra tendencia a traficar y consumir con todo cuanto vemos.

¿Qué pasaría si ahora alguien dejase de comportarse de esta forma tan irracional? ¿Qué pasaría si alguien lanzara la voz de aviso, y dejara eso que se dijo hace dos mil años: “deja las redes y sígueme”? ¿Qué pasaría si dejáramos de pescar peces y nos dedicáramos a pescar almas? ¿Qué pasaría si dejáramos de deambular zombis por este gris asfalto para abrazar la sublime manifestación de la naturaleza y sus mil maravillas? ¿Qué pasaría si cada vez fueran más los individuos que sintieran de esta manera? ¿Tambalearía la comunidad, el sistema artificial y macabro que hemos construido? ¿Qué fe, fuerza o valentía aún nos falta para dar ese salto, para ser francos con la vida y abrazar la libertad de emanciparnos de lo caduco y rancio?

 

(Foto: © Tomasz Alen Kopera)

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