Pasión irracional hacia los libros


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De mi infancia hay pocas cosas que recuerdo. Una de ellas era aquella estantería donde reposaban algunos libros. Había uno que me gustaba especialmente. Nunca supe como había llegado hasta allí pero siempre estuvo a la derecha de mi cama, con sus hermosas tapas llena de estampados dorados y sus láminas de colores explicando historias de mundos paradisíacos. Tardé muchos años en comprender sus primeras letras y muchos más en descubrir que ese increíble libro que me había acompañado toda la infancia era una hermosa y lujosa versión del Bhagavad Gita.

Había algo irracional que me atraía de aquel objeto aparentemente inanimado. Años más tarde descubrí que los libros son como puntos de luz que albergan sentires, conocimientos, emociones, sabiduría, amor, fuerza, belleza. El objeto en sí no es más que un trozo de papel ordenado cargado de contenidos, pero desde la más lejana infancia aprendí a observar lo que había más allá de ellos, ese lazo invisible que nos atrae o nos repulsa, esa vibración que subyace en otros planos y que de alguna forma hacía que ese Bhagavad Gita influyera positivamente en mi vida. Fue tal su influencia que pronto sentí curiosidad por el estudio comparado de las religiones, por la filosofía, por la mística, por la espiritualidad. Ese primer libro me llevó a otros y otros y otros que se convirtieron en mis guardianes silenciosos, en mis maestros invisibles, en mi jerarquía de valores y conductas. Me enseñaron todo aquello que la vida en sí, la experiencia, no podía ofrecer. Una luz más allá de las formas, un sentido y un propósito más allá de toda circunstancia. Un haz profundo de silencios y vestigios. En este mundo de sombras, los libros eran como llamas, como antorchas pegadas al pecho dispuestas a alumbrar el camino.

Fue tal mi pasión que en la universidad creamos nuestra primera editorial. Conseguimos algún ordenador, alquilamos alguna oficina e intentamos crear revistas y contenidos. No funcionó, demasiado jóvenes, demasiado inexpertos. Tras terminar los estudios tuvimos algún intento para crear en Barcelona una librería. Era un deseo ardiente, una pasión interior. No funcionó. El tercer intento sí funcionó, y lo hizo en una de las circunstancias más difíciles de nuestros tiempos. La triple crisis, la financiera, la digital y la del libro había creado un caldo de cultivo perfecto para que nada progresase, para que todo se derrumbara y para que nada funcionara. Huracanes sacudieron los cimientos del proyecto pero la pasión y el amor hacia este sueño hizo que aguantáramos cualquier enviste.

El domingo estábamos por Estella, cerca de Pamplona, donde íbamos a pasar unos días para hablar sobre un proyecto que de alguna forma también tiene que ver con esa influencia infantil. Un proyecto ambicioso que requerirá años de trabajo y sacrificio, pero que desembocará en la puesta en escena de ese amor hacia la vida.

Tuvimos que volver precipitadamente porque una caja de libros no había llegado a su destino y la única forma de que pudiera hacerlo era estando el lunes temprano en Madrid. Lo dejamos todo y fuimos hasta Madrid y la caja llegó de mano del autor hasta Andalucía puntualmente. Ayer mismo me llamaba nuestra imprenta de Pamplona diciendo que unos libros cuyo destino también era Andalucía no iban a poder estar para el viernes, día de la presentación. Ante estas circunstancias a veces uno se desmorona porque tanto esfuerzo no siempre compensa el resultado. Cogí el coche y conduje toda la noche hasta presentarme esta mañana a primera hora en la imprenta. Esta era la única forma de que los libros pudieran estar mañana en Andalucía para la presentación. Me resultó paradójico contemplar como los libros me habían movido y removido en dos lugares parejos: Navarra y Andalucía. En ambas acciones no habría un resultado económico positivo ya que al ser obras de poco calado comercial el resultado en el balance siempre es negativo. Pero en el balance interior, tanto esfuerzo es compensado siempre por algo difícil de entender, algo que sólo aquel tímido niño que contemplaba las tapas inertes de ese gran libro podría vislumbrar silenciosamente. Si algún día tenéis hijos o ya los tenéis, poned a su lado libros increíbles. Ellos, por las noches, se encargarán de susurrar a su alma grandes motivaciones, hermosos sueños, conductas y valores imposibles de encontrar en el mundo que nos rodea. Dejad algún libro cerca de sus corazones para que con su llama iluminen su camino. Hacedlo. Algo hermoso y bello estaréis sembrando. Algo poderoso estaréis susurrando al espíritu de las cosas.

Hoy he dormido poco tras una larga noche conduciendo. Hacía frío, había niebla y cien peligros rodeaban la vida nocturna. Pero había una llama que me guiaba, había una luz que resplandecía más allá de la noche oscura.

 

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