El vuelo del halcón


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Hoy acompañaba a dos seres extraordinarios hasta la cárcel. No era la primera vez que iba para compartir con las presas un rato de lecturas, de charlas, de coloquio que les hiciera pasar unas horas diferentes en un lugar tan siniestro. Ellas a veces se sorprenden de la calidad de los invitados que muy discretamente mi buen amigo lleva de forma callada y anónima. Hoy le decíamos que sería importante que explicara al mundo este tipo de cosas, no por vanidad, si no por necesidad de posar la lámpara sobre la mesa para que el mundo se inspire. Aprovechando de paso, por ejemplo, la persona que hoy nos acompañaba, un ser entrañable y muy conocido que podría servir de reclamo para que muchas personas más fueran hasta las cárceles de nuestro país para acompañar a los presos en su trance personal. Pero el prefiere hacer esto en silencio, sin darle mayor importancia que la que tiene, aún a pesar de la hermosa labor que hace tan discretamente.

Tras más de una larga hora de convivencia en el panóptico, al salir satisfechos de allí un halcón se golpeaba contra uno de los muros del lugar. Nos acercamos hacia él y lo recogimos del suelo. Estaba medio muerto, aturdido por el golpe. Sentía como el corazón le palpitaba a mil por hora para luego pasar a un letargo muy cercano a la muerte. Lo llevamos hasta el coche y le pusimos las manos en el corazón. Rezábamos silenciosamente para que la vida volviera a él. Sentíamos su calor, su lucha, su devenir en un momento expectante. Veíamos como cerraba sus bellos ojos, su grandiosidad y belleza. Nos resistíamos al pensar que un torpe golpe, que un solo despiste podía terminar con la majestuosa vida de tan bella criatura. Acariciábamos sus alas, su plumaje. De repente me acordé de Noel, el niño santo que acariciaba en Mongolia a camellos salvajes, haciéndolos llorar, y a mirlos que se posaban sumisos en sus manos. Me acordaba de los milagros y las maravillas que los buenos seres obran en el mundo.

Estrechamos al halcón en nuestro pecho mientras que, cerrando los ojos, susurrábamos latidos de vida en su éter. Paramos el coche a poca distancia de la cárcel. Había un cielo espectacular y al fondo podíamos ver las montañas nevadas surcando el horizonte. Cuando salimos del coche vimos como el halcón abría de repente los ojos a la vida, como si la luz del atardecer, que dicen que es la luz de los ángeles, hubiera dado nuevas alas al animal doliente. Alzamos las manos y el halcón partió libre y feliz hacia los cielos. ¡¡¡Volaba!!! Y lo hacía majestuoso, feliz, libre. No podíamos con la emoción. Aplaudimos, nos miramos satisfechos, sonreía nuestra alma también libre. Era aquel el milagro de la vida que brotaba de forma simbólica hacia el cielo, por encima de las celdas y las presas. Era esa luz que se derrama en la esperanza y el horizonte infinito. Era la señal de que nada ni nadie nos puede arrebatar los sueños, de que ninguna torpeza o descuido nos puede amarrar alejados del vuelo libre. Sigamos soñando desde la plenitud de nuestro ser para que la luz del alba y de la vida nos libere de nuestras torpezas y nos lleve hasta la vida eterna. Sigamos creyendo en esa poesía que nos atraviesa el alma, ese punto de quietud desde donde dirigimos nuestros anhelos.

(Foto: © Ildiko Neer)

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5 thoughts on “El vuelo del halcón

  1. Mi querido amigo. Leyéndote me quedo sin palabras… es tán bonito como escribes…
    Hay veces que cuando te leo, como ahora, la mente me traslada al lugar donde estan tus vivencias…
    Eres tan especial…
    Un abrazo eterno 🙂

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  2. Corroboro lo que ha dicho María, me siento de la misma forma cuando te leo, es como si estuviese en el lugar que relatas y participase de la historia. Que maravilla! como expresas esas emociones!, Gracias!, tómate algo que lo pago Yo!!. jaja.

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