Los cobardes mueren muchas veces antes de morir


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Los dioses de la antigüedad enseñaban a los humanos a rozar sus dones gracias a la interacción y generosidad de lo que los antiguos llamaban la Buena Mente. Los hombres y mujeres podían escoger ser como el Achaa (Rectos) o como Vohu Manah (con una Mente Buena y benévola), o cualquiera de las otras esencias propias de la deidad. Este contacto que pretendía potenciar los atributos éticos de los seres en desarrollo eran expresados con virtudes y talentos a la humanidad para progresar y evolucionar hacia la entereza.

La música, el arte, la belleza, el poderoso abrazo del cariño que se expresa entre dos seres que se reencuentran, la mirada cómplice, el sonido de un grillo en la noche melancólica, la pertinaz elocuencia de un niño que te habla de estrellas lejanas o aquel conejillo que se cruza veloz por el camino añejo. La virtud humana es pareja a los atributos de la expresión de la vida. Sólo debemos levantar nuestras manos hacia el Tejedor, ungir el sediento momento a la impermanencia y dejarnos caer ante la inmensidad, arrodillándonos humildes ante ese milagro al que pertenecemos.

Ser buenos, ser pacíficos, ser estrechamente cómplices y coherentes con la manifestación, inclinar nuestra reverencia de seres fugaces y abrazar con ello la grandeza de este regalo que llamamos aquí, y ahora.

Si levantamos la mirada al infinito nos volvemos inmortales, porque comprendemos que la valentía de aceptar nuestra limitada somnolencia nos hace partícipes del coro universal, y por lo tanto, humildes instrumentos de su paz, de su orden incomprensible para nosotros. Y eso nos hace fuertes y libres, y valientes ante la urgencia de ser vivos danzantes, alejándonos de lo que Shakespeare denominó como “esos cobardes que mueren muchas veces antes de morir”.

La maravillosa noche oscura nos hace fuertes. Proclama las bondades de aquello que en el futuro nos deberá aproximar a la victoria que no es más que la aceptación de nuestro inevitable destino como seres limitados y finitos. Y en ese instante, en esa aceptación, elegimos el camino de la no dualidad, el camino del amor, el camino de la aceptación, del “Hágase Tu Voluntad y no la mía”, de la rectitud y la benevolencia para alcanzar la entereza de ser firmes consonantes en la creación entera. Toca, respira, siente como la nave Tierra viaja circundante por el universo entero. Escucha la música de los ángeles cuando te encierres en la soledad y el silencio. Roza con tu mano y con tus labios mientras bailas dichoso el escenario de la vida. Siente el palpitar de todo lo que te rodea, siente la vida recorrer todas las esferas, todos los instantes. Percibe el rumor. Sé valiente. Vive, ama, despréndete de ti mismo.

Foto: © Elena Shumilova

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