Ceguera, revelación e iluminación


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Existe una tendencia a la ceguera. Suele formar parte de nuestro proceso evolutivo. Durante edades hemos caminado en la oscuridad, en la ignorancia más absoluta. La ceguera a veces incluso nos protege de un exceso de luz, de un exceso de patrimonio luminoso. El propósito de la ceguera, sin embargo, es la de ser erradicada. Normalmente ocurre cuando en alguna etapa de nuestro progreso percibimos algún atisbo de realidad diferente, un tipo de consciencia que nos abre un vértice, un alivio soberano de emancipación y libertad. La hondura, la profundidad del aprendizaje huye de lo apresurado, de la ligereza, por eso, a aquel que va en exceso rápidamente hacia un supuesto conocimiento o progreso, se le es velado por los procesos de ceguera oculta. La ceguera, por lo tanto, para muchos, es el aula de aprendizaje, esos primeros balbuceos que tenemos cuando empezamos a conocernos a nosotros mismos. Para otros, puede llegar a ser una protección propia antes de entrar en el aula de la experiencia lumínica.

Cuando nos alejamos de la ignorancia y la ceguera, todo lo que está manifestado, eso que siempre ha estado ahí pero ha permanecido oculto por nuestras limitaciones o nuestra ofuscación, de repente empieza a revelarse. Realmente, nada nuevo hay bajo el sol, todo siempre ha estado ahí, siempre hemos tenido acceso a la realidad envolvente. Somos nosotros los que ocultamos con nuestros velos interiores las verdades reveladas. La vida es un proceso constante de creciente revelación. A medida que progresamos interiormente, nuevas verdades, más amplias y extensas, se revelan ante nosotros. Podemos, en alguna etapa del camino, observar la interrelación de todas las cosas, esos lazos ocultos que unen hechos con consecuencias, causas con efectos. Lazos invisibles que unen almas, familias, peregrinos, situaciones y experiencias. Una de las mayores revelaciones es la de poder comprender el propósito interior de cada ser, y sobre todo, el propósito superior de la existencia. Esa revelación nos conduce hacia una nueva identidad de percepción, y sobre todo, hacia una nueva forma de relacionarnos con las experiencias y con la vida.

Sobre la iluminación se han escrito muchas cosas. Algunos aún seguimos pensando que la luz verdadera es la que nace de nuestro interior, pero realmente eso es ilusorio. La ceguera del mundo no se difumina por algún tipo de luz que nazca del interior de la tierra, sino de ese sol que de alguna forma todo lo ilumina en el horizonte lejano, mostrándonos el camino. Realmente la luz interior es aquella que desde una mente entrenada puede reflejar dentro de nosotros esa luz que viene del alma, no de nuestra personalidad. La mente es un reflector de la luz del alma, y no viceversa, lo cual produce una disipación del espejismo que nace en nuestro interior. Esto es complejo cuando vivimos tan cercanos al sufrimiento y al mundo doliente. Requiere experiencia y capacidad el poder elevar nuestras aspiraciones de forma silenciosa y paciente al atanor del alma, esperando pacientes los acontecimientos que han de revelar la luminosidad que viene de los amaneceres de lo alto.

Nuestra luz interior son como los faros de un apagado automóvil. Sirven para identificar las nieblas y la oscuridad, pero no para penetrarlas y menos aún para disiparlas. Sólo la luz del alma es capaz de disipar toda esa espesa bruma. Sólo la luz del alma es capaz de revelar y disipar la ceguera. De ahí la relación necesaria entre ceguera, revelación e iluminación. Diferenciarlas, analizarlas, nos ayudan a comprender los mecanismos de la luminiscencia, que no es otra cosa que la aplicación del poder de la transformación, el desenvolvimiento como seres libres y generosos en el arte de relacionarnos desde el amor con el amor.

(Foto: © Suloara Allokendek)

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