¿Qué alborea ante la vista cuando permaneces en el Camino?


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Estamos ciertamente algo experimentados en los caminos de la tierra. Hemos conocido la unicidad de la presencia, las zonas del amor, el viviente sabio, la valiente prudencia y el arriesgado esfuerzo. Durante eones algo de nosotros que no somos nosotros ha sobrevivido vida tras vida. No sabemos aún si es el recuerdo ancestral que a modo de ADN psíquico pervive en la memoria genética. Algunos más atrevidos hablan de almas y espíritus, otros de consciencias y dimensiones, de estados del ser. No tenemos certeza de lo que realmente sobrevive, pero sí estamos aprendiendo a diferenciarnos de aquello que somos y de aquello otro que no somos.

Ya sabemos que no somos nuestros pensamientos, que no somos nuestras emociones, y menos aún nuestro cuerpo. También sabemos que cuando entramos en la quietud del silencio una voz extraña y ajena se manifiesta, con fuerza y virulencia, añadiendo misterio al interlocutor y abismo al observante.

Sabemos, o intuimos, que existe un camino pequeño, menguante y silente que nos lleva por la vida en pañales, sin grandes esfuerzos más que para comprender la necesaria equidad entre la supervivencia y el devenir. También sabemos, cosa que a veces nos cuesta reconocer por miedo a enfrentarlo, que existe un Camino mayor, una especie de propuesta, de lanzadera hacia aventuras y experiencias totalmente ajenas a la vida común. Un camino extraordinario que rechaza cualquier tipo de comodidad o complacencia y que olvida por completo la pura supervivencia para adentrarse en la onda de vida que yergue a raudales.

¿Y qué es aquello que alborea ante la vista cuando permaneces en el Camino? Hay una luz pura, radiante que clama su trono, un silencio profundo en la quietud del sendero, una paz irrenunciable y un amor infinito hacia todo. Esa luz no está fuera ni dentro, simplemente se manifiesta en todo cuanto es capaz de abrazar y cuando lo hace, la visión que produce sobre todas las cosas se vuelve revelación de propósito. La misión de todo ser humano es buscar esa luz, abrazarla y comprenderla sabiamente. Eso despertará la búsqueda hacia, primero, el propósito interior y luego, una vez perfeccionada la marcha sobre el Camino, renacerá en él la inquietud por servir al Propósito mayor, ese propósito que algunos conocen y sirven silenciosamente, calladamente, tácitamente.

(Foto: © Nageki)

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