El mejor chatarrero del mundo


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Jesús pasaba por la puerta y me preguntó si tenía algo de chatarra. Le dije que sí, que hoy era su día de suerte. Aparcó la furgoneta en mitad de la calle y Marisol, su mujer embarazada de cinco meses entró en el local con su hijo Alex de dos años. Llevaba toda la tarde pintando, abatido y cansado y estaba recogiendo para marcharme a casa. Pero Jesús y su familia seguían trabajando a esas horas y pensé que hoy podrían hacer un buen negocio.

Durante dos horas me ayudaron, o yo les ayudé, a desmontar medio local cargado de chatarra y cosas invisibles que para nosotros no significaban nada y para ellos eran, al parecer, una mina de oro. Me preguntaban muy amablemente, despacio, con atención y cariño si esto u aquello me serviría. Yo a todo le decía que no. Cuando Marisol me decía si ese calefactor que aún funcionaba me haría falta, la miraba compasiva y le decía que no. Ella decía: “no sabes la falta que nos hace, gracias señor”. Luego eran unas y otras cosas que pasan desapercibidas pero que allí están, que el ojo atento de Jesús y Marisol y el pequeño Alex percibían para mi propio asombro.

Lo que más costó fue la cocina industrial que para ellos parecía ser una especie de mina. Como no podía salir por la estrecha puerta, Jesús, hacha en mano durante más de una hora, la desarmó tanto como pudo hasta que por fin salió. Sudaba cansado pero aún tenía tiempo de hacerle alguna broma a su Alex y de ordenar con sutileza y amabilidad a su esposa que le ayudaba en lo que podía.

Me pareció un buen hombre y muy trabajador viendo como en dos horas había desbalijado todo el local en cuanto a chatarra de todo tipo se refería, de forma siempre amable y educada, con buen humor y una larga sonrisa compasiva en su rostro. Pregunté cual era su oficio por si podía ayudarle en el futuro con alguna otra cosa. Me dijo que él sólo era un simple chatarrero. Le pregunté cuanto me cobraría por derribar una vieja barra de bar que ya no sería servible para el uso que le vamos a dar a ese recinto. Me pidió que pusiera yo el precio pero no me atrevía por no ofenderle si lo que le decía era demasiado poco. Me puso una cantidad razonable y acepté.

Me despedí de Jesús y su familia feliz por ver como de forma extraña se había dado un caso de apoyo mutuo y cooperación de la forma más simple e inesperada. Llevaba horas pensando en como deshacerme de todo aquello que no me haría falta y apareció Jesús y toda su familia de repente, sin avisar, con su cara de buen hombre, gitano de raza pero el mejor gitano chatarrero que he conocido nunca. Trabajador, amoroso, atento, educado y feliz por su trabajo. Mañana lo volveré a ver, y en todo lo que pueda, le seguiré dando trabajo. Gracias Jesús, gracias Marisol, gracias Alex por esta maravillosa tarde juntos. Vuestro ejemplo y vuestro amor me ha llenado de gracia.

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